sábado, 3 de diciembre de 2016

Anomalías de una muerte

Susi bajó el brazo hasta que su mano alcanzó la mezcla de una cubeta, concentrada, la extendió sobre los tabiques que cerraban el nicho, lo hizo con dulzura, como si el dolor se hubiera hecho a un lado y en sus movimientos se reconcentrara el amor.

Una acción hermosa y conmovedora, salvo por la cruel anomalía de que una madre ocluya el último conducto que albergará a su hijo. Aunque infortunadamente en México lo anómalo ha empezado a hacerse costumbre, en el caso de que las madres tengan un cuerpo que enterrar.

Otra anomalía fue asistir a un velorio en el que acaso estábamos cinco o seis personas con canas, la inmensa mayoría eran jóvenes que cuando mucho rebasaban la treintena, importa destacar que entre ellos llorar ya no es un estigma para los hombres. Sí, fue una ceremonia plena de lágrimas, pero también de abrazos, de intensa solidaridad, de lazos entrañables.

Despedíamos a Renato López, talentoso actor, músico, compositor, arreglista, presentador y productor musical de 33 años asesinado a mansalva en el estado de México junto a Omar Girón, uno de sus representantes artísticos, cuando se dirigían a una cita de trabajo.

Fue un horror, una tragedia que se ceba cada vez más en una generación que se resiste a la desesperanza y alza la voz de formas distintas y creativas, muy lejos de los esquemas tradicionales que se distancian de los jóvenes de manera acelerada, sin entender que los cascarones son frágiles y la arena del tiempo se les escurre entre los dedos.

En el reflejo de un cristal del velatorio creí adivinar el gesto dramático del hombre que se toma con desesperación los costados de la cara, los ojos desorbitados y la boca abierta para lanzar un grito abrumado de silencio, la imagen del cuadro de Edvard Munch que es la representación del dolor, de la sorpresa que asalta la existencia, del gemido atrapado en la garganta porque no hay sonido capaz de deshilar la devastación.

Por sobre el rumor sordo de esta incompresible tragedia, los acordes de una guitarra cortaron el coro de llantos, y la música, la bendita música, llegó para dar un giro, ciertamente anómalo, al pesado ambiente generado por el dolor. Y se sucedieron las voces, espléndidas, luminosas, de chicas y muchachos hermanados en un homenaje a la vida, al recuerdo de uno de los suyos que, con generosidad, brindó alegría y amor a manos llenas.

Anómalo también, es que que un hermoso ser humano como Alex pierda a su compañero a los 28 años, con un anillo de compromiso en el dedo que anunciaba su ya próxima boda y el deseo de formar una familia propia. Sé que por desgracia ella no es la única en este país, que también en este renglón lo anormal se vuelve regular y que cada vez habemos más mexicanos que cargamos en nuestro haber próximo alguna víctima del crimen... de la esperanza en la justicia, mejor ni hablamos.

Palabras más o menos, Susi contó que había llegado destrozada a la funeraria, abrumada por el peso de un dolor inenarrable, pero el espíritu que esos muchachos imprimieron a esas horas la había blindado, la había confortado con la abrumadora empatía de una familia extendida que despedía a un hermano. ¡No quiero que desaparezcan de mi vida!, dijo, y un aplauso de la infinidad que estallaron esos dos días resonó como caricia en la espalda de esa madre que en ese momento era la de todos.


Sólo alguien que como Renato sembró bonhomía a raudales, amor sin límites, fraternidad y sonrisas puede recoger una cosecha de esta calidez, de esta magnitud, porque su breve vida, sin embargo, tuvo la amplitud de una bondad que deja huella.

viernes, 4 de noviembre de 2016

La jungla del capitalismo

Ni remotamente Frank Warren imaginó que su orden al reportero Upton Sinclair de investigar una huelga y la preparación de cárnicos en Chicago fuera a convertirse en un verdadero tsunami.

Y no es que el editor del periódico Appeal to Reason (Llamado a la razón) ignorara la capacidad y el olfato de su reportero, por algo le encargó a Sinclair, entonces de 27 años, una indagatoria que se extendería a 36 entregas que al final abarcarían casi la totalidad del año de 1905.

La mirada del reportero fue un auténtico bisturí que develó no sólo las atroces condiciones de semiesclavitud de miles de trabajadores en los mataderos de Chicago, sino las nulas condiciones de higiene de los productos que ahí se elaboraban.

Fueron tan gigantescas las olas de indignación que levantó ese reportaje, que incluso el presidente Theodore Roosevelt recibió a Sinclair en la Casa Blanca, sin ningún entusiasmo porque su animadversión a las ideas socialistas del autor de la serie eran de suyo conocidas, para asegurarle que el gobierno tomaría el asunto en sus manos y poco s tarde se promulgó la llamada Pure Food Legislation, para regular la producción de alimentos, y se crearon instancias federales para supervisar las prácticas de los mataderos.

Tiempo después, Upton Sinclair convertiría ese reportaje en una novela que estaba llamada a convertirse en un verdadero fenómeno editorial, además de un hito entre las denuncias de la injusticia social, tanto fue así que en 1906 el gran Jack London escribió que “La Jungla puede ser para los esclavos asalariados de hoy lo que La cabaña del tío Tom hizo por los esclavos negros del siglo pasado”.

El proceso editorial de La jungla es, en sí mismo, otra novela, como bien relata José Ramón Calvo Irurita en el prólogo del volumen que editó recientemente la Brigada para Leer en Libertad (el cual se puede descargar gratuitamente en la página web www.brigadaparaleerenlibertad.com). Se trata de una serie de vicisitudes, cambios, adaptaciones, cortes y procesos de edición que tuvieron tantas versiones que acabaron desalentando la sucesiva publicación de este libro tan injustamente olvidado y que se rescata hoy en un acto de auténtica justicia poética.

Este reportaje, crónica, novela, arenga y llamado a la acción seguirá conmoviendo a los lectores de hoy día, porque describe, de manera nítida, el proceso descarnado de acumulación de capital; la etapa de industrialización a todo tren y sin tapujos de Estados Unidos; el maltrato, la discriminación y la explotación inicua de los migrantes, y la formación de una conciencia proletaria entre las masas campesinas que llegaban por oleadas de Europa en busca del siempre quimérico sueño americano.

Sinclair conduce su relato a partir de la historia de una familia de emigrados de Lituania, cuya cabeza, Jurgis, nos conduce por esta suerte de Divina comedia de la consolidación del capitalismo, porque, en efecto, aquí ciertamente hay un infierno tan minuciosamente descrito que el horror no le es ajeno; un purgatorio de vicios donde sucumbe la mayoría de los trabajadores derrengados por el agotamiento físico y la derrota moral, y un paraíso representado por el advenimiento de una conciencia de clase capaz de transformar la vida misma.

Jurgis no es un héroe sin más, no transita por la épica y su vida no enaltece los valores de un dirigente proletario, Upton Sinclair nos lleva por otro camino, mucho más complejo y por ello más cercano a la vida, no por nada tocó la conciencia de cientos de miles de lectores, el autor nos conduce por los meandros de la condición humana, del vicio, de la corrupción, de la degradación, de la traición y la cuchillada trapera a los suyos, hasta hacer emerger del lodo a un hombre que al haber visto prácticamente completa la cara de la abyección emerge desde el cieno hasta la solidaridad con los suyos.

Había escrito varias cuartillas más para intentar describir la calidad de este escritor de brillantez inaudita, pero me detuve al pensar que en realidad el lector mexicano común de estos días no tiene, desafortunadamente, un referente preciso de la literatura de Sinclair, así que después de pensarlo unos días, tiré lo escrito y decidí que lo mejor para enamorar a los posibles con este libro sería transcribir al propio Upton y dejar que su escritura los sorprenda y encandile.

Y es que hay que añadir que el tamaño de esta denuncia palidecería y se volvería ineficaz si no hubiera sido acompañada de una espléndida pluma.

Por ejemplo, en esta pronta desilusión de Jurgis y su familia, que Sinclair condensa de manera brillante:

Algunos días de experiencia práctica les habían bastado para comprender claramente que este país de salarios elevados era también el de los precios caros, y que el pobre era en él tan pobre como en cualquier otra parte del mundo. ¡En una noche se desvanecían todos los sueños de riqueza que habían cruzado por la imaginación de Jurgis! Lo que hacía aún más penoso el descubrimiento era que se veían en camino de gastar, con arreglo a los precios de América, el dinero que habían ganado con arreglo al salario de su país. ¡Así pues, se les robaba! Llevaban ya dos días en que casi se dejaban morir de hambre; tanto dolor les causaba pagar lo que les pedían por su alimentación.”

También esta la descripción minuciosa de varios procesos en los mataderos que marcan un contrapunto entre frases brillantes y poéticas para introducirnos a la crueldad desatada del exterminio, del holocausto animal, como en los siguiente pasajes:

El guía continuó diciendo que había unos cuatrocientos kilómetros de vía férrea dentro del recinto de los Stock-Yards. Cada día los trenes conducían sobre diez mil reses, otros tantos cerdos y cerca de la mitad de cabezas lanares, es decir, de ocho a diez millones de seres vivientes sacrificados y transformados en alimento para el hombre anualmente.

A poco que el observador fuera fijándose, podría notar cierto movimiento lento pero constante de toda aquella masa, y advertir el sentido y dirección de la marea hacia los mataderos. En efecto, el ganado iba siendo conducido por grupos desde los cercados a unas salidas que comunicaban con unos caminos de quince pies de anchura y que, en plano inclinado, van elevándose sobre el nivel de los cercados. Por estos caminos la corriente de animales era siempre continua, y era cruel ver a los pobres seres marchar, apretándose unos contra otros, hacia su fin, completamente inconscientes de la suerte que les aguardaba. Aquello era un verdadero río de muerte.”

O la parte porcina del proceso:

No se podía contemplar largo tiempo esta escena sin sentirse inclinado a filosofar, sin empezar a encontrar símbolos y semejanzas, sin oír el alarido universal de toda la especie porcina. ¿Era posible creer que en ninguna parte de la tierra, o más allá de la tierra, no haya un paraíso para los puercos, donde vean recompensados todos sus sufrimientos? Cada uno de estos pobres animales era una criatura completa, un ser sensible. Los había blancos, negros, pardos y manchados; unos eran viejos, otros jóvenes; unos grandes y delgados, y otros cuales monstruos por lo gordos. Y todos y cada uno tenían una individualidad, una voluntad y esperanzas y deseos; cada uno de ellos estaba en la plenitud de la confianza en sí mismo, de su importancia y de su dignidad. Confiados y tranquilos seguían su camino e iban cumpliendo su misión, en tanto que una sombra negra los amenazaba y un destino horrible les aguardaba al paso.

De repente, aquella sombra se lanzaba sobre ellos y los amarraba; inexorable, implacable, sorda a sus alaridos y protestas, ejercía sobre ellos su cruel voluntad, como si los deseos, los sentimientos de aquellos seres no existiesen en absoluto. Y los degollaba y contemplaba inalterable mientras de ellos se escapaba la vida. Ahora bien, ¿habría alguien que no creyera en la existencia de algún dios de los cerdos para quien la personalidad de estos animales sea preciosa y para quien sus gritos de agonía tengan significado? ¿Quién tomará a este ser sensible en sus brazos, le consolará y le recompensará por su misión bien cumplida y le mostrará el significado de su sacrificio?”

O acaso también el descubrimiento de las trampas y mezquindades humanas en los mataderos:

Por esta razón, el establecimiento era de arriba abajo como una inmensa caldera donde hervían odios, celos y desconfianzas. Allí no había ni lealtad ni respeto humano; allí los hombres no representaban nada aparte de los dólares. Lo peor de todo era que, así como no había decencia, tampoco existía la honradez. ¿Cuál sería la razón de todo esto? Nadie acertaba a decirlo. Acaso proviniera del viejo Anderson en un principio; era una herencia que había dejado a su hijo al mismo tiempo que sus millones. Nunca hubo en todo Chicago un hombre tan ruin como el viejo Anderson; ese hombre hecho a sí mismo. Desde su fallecimiento, la empresa había dejado atrás la costumbre de pagar dos dólares menos por cada cuarenta, pero seguían haciendo cosas que les llevarían directos a la cárcel, si no fuera porque podían permitirse el lujo de tener a los jueces en su nómina. ¿Qué cosas eran esas? Tamoszius aseguró a Jurgis que él mismo lo descubriría si permanecía en la casa el tiempo suficiente. Los obreros manuales eran los que tenían que ejecutar, al fin y al cabo, todas las trampas sucias y todos los engaños. Con ellos, pues, no valían argucias. Acostumbrados ellos mismos a aquella atmósfera, concluían por obrar, en su esfera, como todos los demás. Jurgis había llegado allí con la idea de hacerse útil, de elevarse poco a poco en su grado y llegar a ser un obrero especializado. No tardaría mucho en salir de su error: nadie asciende en Packingtown por hacer bien su trabajo. Allí, por el contrario, podía sentarse como regla general que cuando un hombre va ascendiendo de categoría era porque se trataba de un canalla. El hombre que había hablado al padre de Jurgis, enviado indudablemente por un capataz, ascendería; el obrero que espía y denuncia a sus camaradas, asciende; pero el que no piensa más que en su propio trabajo y en hacer bien su labor, a ése se le «mete caña» hasta agotarlo, y entonces, cuando ya no sirve para nada, se le tira a la alcantarilla.”

Más adelante agrega:

Ya había comprendido cómo funcionaban las cosas que le rodeaban: las leyes de la jungla. En realidad, la vida no era sino una lucha de cada uno contra todos, en la que el diablo se lleva a los vencidos. Era una guerra a muerte, librada sin respiro y la única salvación estaba en permanecer muy atento, preparado para pelear o salir huyendo. Era mejor viajar a oscuras, atacar desde la sombras y, si la víctima resultaba muerta, no había que pararse en lamentos: el que cae tampoco pide compasión, se arrastra hacia su agujero para morir allí y punto. En otras palabras, se trata de meter dinero en la cartera. No se debía agasajar a la gente, sino esperar que la gente le agasajara a uno. Hay que andar por el mundo con el alma llena de sospechas y de odios; si alguien le habla a uno de amistad y confianza, ya se sabe lo que realmente quiere. Uno debe estar convencido de que siempre se halla rodeado de poderes hostiles que conspiran continuamente contra nuestro dinero y que se valen de la máscara de las virtudes para ocultar sus lazos y sus trampas. Los escaparates de las tiendas están llenos de toda clase de mentiras para atraernos; las bardas en los caminos, los postes telegráficos, los faroles y las esquinas de las calles, todo está cubierto de carteles llenos de embustes. La gran compañía que nos emplea nos miente y miente al país entero. Todo de arriba abajo no es sino una inmensa patraña. El país entero es una mentira: una mentira su libertad, una trampa para los trabajadores pobres; su prosperidad no era sino una falacia creada por los empresarios ricos; su justicia, una falacia creada por políticos corruptos. No importa a dónde vayas o con qué motivo –para comprar una casa, por ejemplo–, no debes escuchar toda la palabrería amable ni dejarte persuadir por la cortesía: uno debía ser amable y cortés, hasta donde fuera posible, pero tenía que tener muy claro que en ese preciso momento la persona que estaba delante era un ladrón y en todo momento había que estar preparado para montar en cólera y amenazarle.”

Los guiños culturales, por ejemplo en la referencia a Harriet Beecher Stow y su libro La cabaña del tío Tom y sus analogías sobre el esclavismo son claras:

Hace algún tiempo, una mujer de gran corazón dio a conocer los sufrimientos de los esclavos negros y levantó a un continente en armas. Tenía varias cosas en su favor con las que no puede contar quien pretenda describir la vida del esclavo moderno: el esclavo de las fábricas, de los talleres, de las minas. El látigo con el que se le azota no se puede ver ni escuchar y la mayoría de la gente no cree que exista: es la hipocresía típica de la filantropía y de la convención política la que niega su existencia. A este esclavo no se le caza con perros, no lo matan a golpes malvados arquetípicos ni muere en el éxtasis de la fe religiosa. De hecho, su religión no es más que otra de las trampas que le tienden sus opresores y la más amarga de sus desdichas. Los perros que le acosan son la enfermedad y los accidentes y el villano que lo asesina no es sino el índice salarial. ¿Quién puede generar una emoción intensa en el lector narrando una cacería humana en la que la víctima es un extranjero piojoso e inculto y en la que los perros de caza son los gérmenes de la tuberculosis, la difteria y el tifus? ¿Quién es capaz de novelar la historia de un hombre cuya única peripecia vital reside en cortarse un dedo con un cuchillo de matarife infectado y cuyo desenlace consiste en una caja de pino y una tumba de pobre? Aunque morir de envenenamiento sanguíneo pueda ser tan doloroso como morir a consecuencia de los golpes, la imagen de unos perros de caza desgarrando a alguien hasta la muerte sugiere un destino más clemente que aquel al que se enfrentan cada año miles de personas de Packingtown: ser presas de la más amarga pobreza, estar mal vestidos, vivir en una casa infecta, debilitados por el hambre, el frío y las inclemencias del tiempo, derribados por la enfermedad o los accidentes laborales… Después de esto, esperar que el flaco lobo del hambre se acerque arrastrándose para roerte el corazón y destruir los cuerpos y almas de tu mujer y tus hijos.”

Y, finalmente, el relámpago que en la más profunda oscuridad ilumina y descubre, desconcierta y sacude, como en este fragmento del discurso de un activista del Partido Socialista que arenga a sus compañeros y que estremece a Jurgis hasta la médula:

¡A ustedes me dirijo, obreros! A los trabajadores que, habiendo alzado este país, carecen de voz en sus instituciones. A aquellos cuyo destino es sembrar para que otros cosechen, trabajar y obedecer sin recibir más recompensa que la destinada a las bestias de carga, ni otro alimento y cobijo que el que les permita subsistir hasta la próxima jornada.

Es a ustedes a quienes acudo con mi mensaje de salvación, a ustedes a quienes apelo. sé que entre ustedes ha de haber un hombre a quien el dolor y el sufrimiento han arrojado a la desesperanza, un hombre al que algún fortuito espectáculo de horror o de injusticia ha despertado con una brusca sacudida. Para él, mis palabras tendrán el efecto del relámpago para el caminante que, avanzando en la oscuridad, ve iluminada la ruta y manifiestos sus peligros y obstáculos; de esa misma manera mis palabras resolverán sus problemas y arrojarán luz sobre sus dificultades. Y, caída la venda que le cubría los ojos, libres sus miembros de los grilletes que los apresaban, ese hombre se alzará con un grito de gratitud y emprenderá la marcha, libre al fin. De él emergerá un hombre liberado de una esclavitud cuyas condiciones él mismo ha creado; un hombre que no volverá a caer en la trampa; un hombre invulnerable a los elogios e inaccesible a las amenazas; un hombre que, a partir de esta noche, avanzará en lugar de retroceder, que se aplicará a estudiar para comprender, que empuñará su espada para incorporarse a las filas de sus camaradas y hermanos; un hombre que llevará a los demás, como yo se la he llevado a él, la buena nueva y, con ella, el don precioso de la libertad y la luz, que no es propiedad mía ni suya, sino patrimonio del alma humana. ¡Obreros, trabajadores, camaradas, abran los ojos y miren a su alrededor! Han vivido ustedes tanto tiempo en la esclavitud que los sentidos se les han embotados y el alma se les ha quedado yerta; pero, aunque sólo sea una vez en su vida, cobren ustedes conciencia del mundo en que existen; arránquenle los harapos de sus costumbres y convencionalismos y contémplenlo tal cual es, en su desnudez repugnante. ¡Cobren conciencia de él, cóbrenla!”


jueves, 20 de octubre de 2016

Manucho

Hace unos días murió Marcos Winocur, Manucho para quienes tuvimos el privilegio y el gusto de tenerlo cerca.


Ese personaje de barba blanca, sonrisa permanente y agudísima inteligencia se volvió esencial para muchos que nos sumamos a su cauda siempre generosa aunque también siempre selectiva.


Marcos fue un académico de muy alto nivel, de hecho cursó su doctorado en historia en la Escuela Práctica de Altos Estudios de La Sorbona bajo la mirada rigurosa de grandes maestros, entre ellos Fernand Braudel, Pierre Vilar y Ruggiero Romano. Ahí coincidió con Gilberto Argüello, un buen amigo común que trabajó sobre todo la acumulación originaria que se dio en las haciendas de la Nueva España y del cual conversamos largamente, siempre lamentando su prematura muerte.


Varios temas fueron focos de su atención académica, como la Revolución Cubana, de la que escribió varios libros que se cuentan entre los fundamentales de la historiografía de esa época, el populismo en América Latina y el comunismo.


Pero también empeñó buena parte de su vida en la militancia de izquierda, razón por la cual llegó a México como exiliado y rápidamente encontró un lugar de trabajo en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.


También habría que decir que Marcos tenía un gran angular en su cabeza y lo mismo sabía de grupos de rock que de las sinfonías de Beethoven, las que le encantaban; le interesaban lo mismo los movimientos actuales de los jóvenes que la Segunda Guerra Mundial, de la que tenía conocimientos eruditos; discutía de cine y literatura como de economía y política, en fin, le gustaban los niños y era en verdad un caballero con las mujeres.


En los últimos tiempos una larga enfermedad fue bajando el dimer de su intensidad, pero nunca apagó su sonrisa, la cual compartía invariablemente con Nuria, su amore y bruja tutelar, así como con una cauda de ayudantes con alas, como su adorada Estelita, además de Eva, Diana, Juanita y algunos etcéteras más.
Quizá el rasgo característico de Marcos fue siempre su sentido del humor, a veces raro, hermético, ácido, muchas veces irónico y otras tan sencillo como una carcajada lanzada a todo pulmón, esa capacidad, para ser de verdad, debe comenzar por uno mismo.


Por eso agrego a mi texto agridulce con el que le doy un hasta luego a Manucho para seguramente continuar más tarde nuestras discusiones ahora interrumpidas, dos muestras de su capacidad de reírse incluso de su propia muerte, publicadas originalmente en La Jornada de Oriente bajo el título genérico de “Marcos a la medida”:


Dejé París por Puebla


Sí, dejé París por Puebla. ¿Y cómo fue? Les cuento. Había terminado mis estudios y todavía me encontraba residiendo en la Ciudad Universitaria –la Cité–, al frente de uno de los parques más hermosos de París, el Montsouris. Allí estaba una soleada tarde al comienzo del otoño, pensando: la estación coincide con mi edad. Y esto, dicho cuando los árboles se cubren de sensacionales tonos cobrizos, era, más que el reconocimiento de mi carga de años, un autoelogio. Y me confortaba.
Bueno, la tesis obtenida era felizmente una frustración menos. Yo, flamante doctor, y esa tarde el parque Montsouris ofrecía en la calma del aire y en la convivencia de sus distintos habitantes, una renovada lección de paz. La gente daba de comer migas de pan a pajaritos, patos, palomas y peces, y había para todos, no se peleaban entre sí por el alimento… volví mis ojos a la mesa del café donde estaba sentado, bebí un sorbo, abrí el diario que acababa de comprar, esta vez había preferido Libé en lugar de Le monde, sí, el nuevo periódico.
El alma puede descansar sin que por eso abandone el cuerpo –me dije sonriendo. Toda prisa quedaba atrás, se acercó la vendedora de flores, compré por el mero placer de conversar unas palabras con ella, satisfecho de mi buen francés, no faltará a quien regalar esta flor. La paz y lo nuevo, por entonces se habían inaugurado la pirámide de cristal del Louvre, el gran arco de La Défense, la Opéra de la Bastille, ahora tengo tiempo para visitar todo eso.
La paz, ninguna preocupación… fue precisamente cuando me dio el ataque, me puse a gritar como un loco furioso, pateé la mesa, intenté tomarme a golpes con el mesero, me sujetaron. Todo no pasó de ahí, rápidamente mis amigos me fletaron en un vuelo a México.
¿Y la revolución en qué quedó, no que en París tomaste las armas del conocimiento?
Te diré, cuando alcancé a rehacer mi espíritu, pregunté por la revolución pero nadie supo darme razón.
Y aquí estoy en la ciudad de Puebla, Puebla de Zaragoza, Puebla de los Ángeles, esperando un día, asistir a mis funerales.

Atenta invitación a mis funerales

Marcos invita a usted y familia a la ceremonia de su cremación, que tendrá lugar en fecha y cementerio que se darán a conocer oportunamente por la prensa.

A la entrada, se ofrecerán coctel de bienvenida y empanadas argentinas, como asíla celebérrima tarta pascualina de Beba y Alba.

Se ruega disculpar que su servidor no salga a recibir personalmente a los invitados.

Amenizarán los conjuntos El Gruperazo mexicano y El Cuartelazo, éste venido de Argentina.

Una parte del cementerio será habilitada como área de picnics, pudiendo al efecto usarse las tumbas de mesas. Habrá rifas con premio de una cremación gratis (vigencia 10 años), carreras de obstáculos, juegos para niños, concursos de patinetas y, la última novedad, de patinetas voladoras, ya en venta en Estados Unidos.

Se ruega conservar esta invitación para ser presentada en el momento menos pensado. No nos obligue a negarle la entrada po no llevarla consigo.

No habrá discursos.

No manden flores.

Los sanitarios serán de exclusivo uso de los invitados.

No cover, cervezas bien muertas.

Valet parking.

Lo espe3ramos, no falte, será un acontecimiento inolvidable para todos, salvo para su servidor, que no estará en condiciones de apreciarlo.

Firmado, Marcos.

Vocabulario mexicano


Cervezas bien muertas: cervezas bien heladas.

jueves, 19 de mayo de 2016

El oficio de la mirada

Algunos amables lectores de este blog me comentaron que la entrega anterior, donde publiqué el texto que leí en la presentación del libro de fotografías de Adrián Bodek, Los pájaros están en su lugar, no se entendía bien sin una explicación más amplia de ese volumen.

Agradeciéndoles cumplidamente su atención a mi trabajo y ofreciéndoles una disculpa por las carencias del texto anterior y la probable confusión que éste les haya provocado, en esta entrega inserto el prólogo que escribí para este libro, que acompaña a otro magnífico de la escritora Mónica Lavín, en espera de ahora sí hacer honor a este espléndido libro.







La mirada es víctima de la fugacidad del instante. Sólo algunos, los buenos fotógrafos entre ellos, advierten en fracciones de segundo la esencia de lo irrepetible, de eso se trata cuando hablamos de captar, de capturar, de fijar una imagen.

En este libro de Adrián Bodek, donde los pájaros vuelan libres, el azar los lleva sin embargo a encontrar su lugar, salen al aire pero venturosamente se posan en el sitio preciso, en el instante correcto en que una sombra, un rayo de luz, una densidad de texturas, un movimiento inesperado o un intruso otorgan el encuadre preciso que requiere esa imagen.

El discurso especular no repite la imagen que la antecede, como Alicia que pasa a otro mundo a través del espejo para volver los ojos y asombrarse de que lo que vio no era lo visto, sino el otro espacio que lo completa.

En este libro hablan, gritan o susurran las paredes y los objetos, nos dicen lo que siempre han enunciado pero que no somos capaces de entender, hasta que un traductor, cámara en mano, nos revela el verdadero sentido de su lenguaje oculto y al mismo tiempo inmanente, ese que sólo quien sabe mirar descifra.

Por eso el arduo oficio de la mirada, además de un riguroso quehacer disciplinado y constante, es un don que no se da a cualquiera. Antonio Muñoz Molina, autor de las espléndidas novelas Beltenebros y La noche de los tiempos, afirma, con sobrada razón, que “tal vez el principio del arte está en el simple acto de mirar, como en la fotografía”. De esa percepción de la fugacidad se nutrió la pintura renacentista, que a pesar de las horas de labor que tomaba un cuadro, en el centro, invariablemente, estaba presente un instante único, el momento irrepetible en que un haz ilumina un rostro o se interpone en una figura o deconstruye un objeto, a esa tradición se inscribe el oficio artesano de Adrián Bodek.

No sólo es venturoso el instante, como en la buena literatura, donde a veces se escribe más con la goma que con el grafito, el trabajo de composición es arte de relojería: un milímetro más o menos en el encuadre cambia la percepción o la profundidad del horizonte para el espectador, que es quien finalmente ve lo que el otro que dispara el obturador le propone para cambiar su perspectiva.

Se equivoca quien piensa que este oficio de la mirada es sólo cuestión de técnica, toda la innovación electrónica, la maravilla digital, no es capaz de producir la magia que opera un buen fotógrafo, ahí palidece la tecnología ante el ojo de un artista que trasluce su vida en las imágenes. Ansel Adams, fotógrafo estadunidense célebre por sus placas en blanco y negro del parque nacional de Yosemite e impulsor asimismo de las innovaciones tecnológicas, afirmaba que “una foto no sólo se hace con la cámara: incluye todos los libros que has leído, tu música favorita, la gente que has amado”.

También, Adrián nos propone en sus imágenes la luz y la sombra que delinean en su interacción ese canto que no es negro y blanco, sino una gama infinita de grises, de tramas y claroscuros, de cielos amalgamados donde las nubes cabalgan en su trazo acuarelado.





Hay una fascinación del fotógrafo por los muros y las fachadas, ante nuestros ojos cobran vida, adquieren movimiento y danzan, donde no importa el lugar sino lo que dice cada espacio a través de sus paredes y sus grafitis, de sus carteles y escarapelados, además de las sombras que proyectan sobre la vida que alojan.

En las fotografías de Adrián los reflejos descomponen la imagen en esa otra dimensión de la realidad que se desestructura, que nos cuenta una historia inacabada y nos propone, nos reta, nos provoca a completarla.

No puede uno menos que rendirse ante la metáfora que nos propone una escalera deconstruida por la sombra y el encuadre, donde lo que vemos no es lo mismo que su sombra, porque ahí reside la poética de la luz.





Y cuando estamos absortos ante la mirada avasalladora de la belleza, hete ahí que Adrián nos cambia la jugada y con un giro de humor nos regresa al absurdo cotidiano, al lúdico placer de existir y observar la complejidad a la que nos emplaza la sonrisa.

Quisiera enfatizar que Adrián Bodek es un magnífico retratista, cuya más reciente muestra es el mosaico memorable de los ahora ancianos combatientes de las Brigadas Internacionales de la Guerra Civil de España, donde no hay desperdicio en la narración, en los detalles de esas imágenes que hablan de la vida de cada uno de esos personajes. Sin embargo, en este libro prácticamente prescinde de la figura humana, que aquí es una irrupción, un viandante ante un muro, una sombra, una hormiga que da movimiento al horizonte lejano, una suerte de araña que nos hace ver que el entramado geométrico no es un juego menor sino una enorme claraboya que un hombre limpia afanosamente o alguien que sólo sirve para fijar perspectiva y dimensiones.

Me apropio de una frase del escritor gallego Manuel Rivas para afirmar que “uno sabe que hay libros que le han cambiado la forma de mirar, y eso es también cambiar la realidad. Aunque sea por un instante”, esto es lo que ha operado en mí Los pájaros están en su lugar: una realidad habitada por presencias entrañables

De manera que ahora, cuando concluyo, quisiera agregar sólo que el de Adrián Bodek es, también, el oficio poético de la mirada.


jueves, 5 de mayo de 2016

Adrián Bodek y los pájaros


El siguiente texto fue leído por el autor de este blog en la presentación de Los pájaros están en su lugar, libro de fotografías de Adrián Bodek.

Valdría la pena preguntar dónde están los pájaros cuando uno llega al final del libro de Adrián Bodek y cree entender el sentido de lo que ha visto.

En esas últimas páginas hay una foto conclusiva que muestra una serie de jaulas vacías bajo un carrizo con una frase que nos advierte: “Los pájaros están en su lugar”.

Pero cuál es ese lugar en que se encuentran. Ahí es donde la metáfora se abre paso en versos visuales, desbroza la realidad abigarrada y nos deslumbra con destellos que parecen imposibles.

En efecto, los pájaros han encontrado su lugar, el espacio al que pertenecen, el ámbito que le da sentido a sus alas, a su venturosa calidad voladora. Es decir, los pájaros están en el aire, baten sus alas o las mantienen fijas para planear, para aprovechar las corrientes, para desafiar la gravedad, para gozar a plenitud del vuelo, ese deseo de Leonardo vuelto planos de mecanismos intrincados, ese anhelo que nos viene de Ícaro y hoy nos lleva al espacio sideral.

Sí, los pájaros ya no son más parte de esa aberración humana del presidio, dejaron atrás el encierro fijado a la pared, abandonaron las jaulas.

Los pájaros ya están en libertad y desde ella habría que imaginar dónde posan su mirada, en que preciso lugar aterrizan, sobre qué objetos, árboles, piedras, bardas, alféizares o fachadas detienen sus patas.

¡Claro!, ahí está la respuesta, tras la mirada en libertad, tras el vuelo de la imaginación, tras el batir constante de las alas del oficio, tras el osado desafío a la gravedad de la ortodoxia.

Creo avizorar a Adrián burlándose de sí mismo para eludir, con su rijosa manera de ser, el filo exquisito de la profundidad de su mirada, la ojiva de su sensibilidad impactando en una metáfora precisa, para entregarnos, si queremos verlo y entenderlo, el mensaje de una otra realidad que huye de lo cotidiano sin soslayarlo.

Son imágenes que desmienten la simplicidad del discurso único, que subvierten la uniformidad del gris precisamente a partir de una inconmensurable gama de grises que nos dicen, como Kundera, que la vida está en otra parte, que Rimbaud tiene razón y las jaulas no sirven para entender el mundo.

La mirada de Adrián Bodek es un bello desmentido a la simplificación, o para decirlo en contrapunto: un hermoso discurso sobre la complejidad, la diversidad y la ruptura de límites.

De manera que afortunadamente los pájaros están en libertad y en su vuelo se alimentan de imágenes que nos proponen una manera distinta de ver la realidad, una sensibilidad diferente para interpretar el mundo, una percepción diversa para enfocar nuestra mirada.


Y sí, esas cualidades son precisamente las de la poesía, que en el trabajo de Adrián Bodek construyen su nido con ramitas de luz que entrevaran el ámbito, el hábitat de un oficio luminoso.

miércoles, 27 de abril de 2016

Los paisajes de Lucía Anaya

Sería bueno que atendiéramos con mayor asiduidad las labores que desarrolla el Centro Vlady de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, instancia cultural que, como la universidad misma, estuvo en peligro de fenecer tras los sospechosos afanes destructores de la malhadada ex rectora Esther Orozco.

De a poco, con recursos modestos, el centro prevalece y mantiene su labor con la impartición de talleres y seminarios, así como la organización de conferencias, presentaciones de libros y exposiciones.

Precisamente una de estas últimas, Retazos de paisaje, es la que motiva este texto.

Un patio de distribución, como los que había en las antiguas casas de esta capital y que aún es dable observar en ciudades de varios estados de la República, alberga esta alentadora muestra del trabajo de la joven artista Lucía Anaya, quien se ha dedicado principalmente al dibujo, al grabado en madera y metal y a la escultura.

Retazos de paisaje forma parte de un proceso de experimentación gráfica que Lucía Anaya desarrolló en una estancia en la Universidad Tecnológica de Pereira, en Colombia, y su complemento realizado en la Ciudad de México, de donde es originaria.

La muestra conjuga dos ámbitos contrapuestos y sin embargo claramente significados en el contorno del patio.

En una parte de la muestra está integrado el paisaje urbano de esta ciudad en retazos de tela de unos 20 centímetros de ancho por tres metros de largo, donde la autora realizó unas linografías fijadas en tubos de policloruro de vinilo (pvc), estas tiras grabadas están dispuestas de tal manera que tienen dos vistas, una desde el corredor y la otra desde el patio.

Los temas de esta porción, todos en blanco y negro, son lo mismo un convoy del Metro, la representación grafitis sobre muros urbanos, de una malla ciclónica, de una banqueta incluso con el registro de alguna alcantarilla y dos representaciones de multitudes.

El otro segmento está integrado por los paisajes campiranos del entorno propio de la universidad de Pereira donde Lucía Anaya hizo su residencia, ahí los retazos están fijados en guaduas, carrizos originarios de Colombia que son también conocidos como bambú americano.

La disposición bifrontal de esta parte es similar a la que se ocupa del entorno urbano, sólo que aquí la representación de guaduas es el elemento central, incluso está la imagen de un guaduaducto, que no es más que un puente fabricado con estos carrizos.

En este segmento los grabados son en color, en tonalidades tenues pero vibrantes, quizá para dar la sensación brumosa de un bosque tropical.

Dos esculturas sonoras completan la exposición, una de ellas montada sobre una estructura ex profeso que da la idea de un tendedero de guaduas, pero cuyos soportes están articulados por resortes, de manera que al empujar los tubos de metal se puede hacer chocar los carrizos y éstos producen una sonoridad discordante.

La otra pieza escultórica es un largo carrizo del que penden de un hilo una serie de guaduas, que al moverlas horizontalmente provocan un sonido armónico. Ambas esculturas están dispuestas en extremos encontrados del patio.

Uno imagina si no hubiera sido quizá más integrador colocar tubos de pvc en el tendedero, que es una estructura de metal, para que así las esculturas también hicieran referencia a los dos ámbitos paisajísticos que aborda la exposición.

Aunque esto es, en fin, una elucubración propia sustentada a partir de la reflexión que suscita el interesante y creativo análisis de entornos que Lucía Anaya ha integrado a su muy feliz propuesta artística, notable en una joven que apenas está por concluir sus estudios en la Facultad de Artes y Diseño de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Esta exposición es, desde mi perspectica, una visión ambiciosa que a partir de elementos simples abarca lo complejo y le da sentido a un audaz planteamiento gráfico.

Habrá que seguir atentos al devenir de Lucía Anaya, una artista que ya desde sus inicios plantea una madurez plástica e imaginativa poco común.



lunes, 14 de marzo de 2016

Las Chivas al diván

No hay título que de una u otra manera no prefigure a su autor, así que algo hay en La fascinación colectiva por las Chivas del Guadalajara, de Luis Carlos Vázquez, en donde la sombra de Sigmund Freud se proyecta, porque bien podría haberlo nombrado, si no se le hubiera adelantado el padre del psicoanálisis, “El porvenir de una ilusión tras la desilusión de un pasado”.

Y es que este libro es una documentada aproximación psicoanalítica a un equipo que es un verdadero mito del futbol nacional, realizada a partir de una rigurosa revisión histórica, basada en fuentes bibliográficas, hemerográficas y testimonios directos, para desmontar uno a uno los pilares sobre los que se ha erigido la leyenda, pero sin dejar de reconocer que en el fondo ésta permanece inamovible.

Este volumen es un análisis desmitificador, sin duda, pero, ¿podría afirmarse que se trata de un texto para denostar al Rebaño Sagrado?, de ninguna manera. Es más, uno sale de la lectura de este libro con la convicción de la indestructibilidad del mito, de la raigambre digamos religiosa en donde el halo es más grandioso que el ente mismo.

Luis Carlos Vázquez es un reconocido psicoanalista, un serio explorador de la mente y las emociones humanas, aunque también ha sido autor de una columna deportiva semanal que durante tres lustros apareció en los periódicos Siglo 21 y Público, de Guadalajara, de manera que en él se conjugaron las cualidades exactas para haber abordado un tema tan espinoso, complejo y lleno de aristas, pero al mismo tiempo hacerlo sin acartonamiento academicista, para volverlo ameno e ilustrativo, susceptible de tener una vasta amplitud de lecturas, desde la del especialista hasta la del aficionado al futbol.

El autor aplica la brújula de Freud en sus aproximaciones a lo social desde el psicoanálisis para abrir la posibilidad de ver bajo una nueva luz lo ya sabido, pero asimismo nos brinda la oportunidad de ir más allá de un equipo de futbol, para aportarnos los elementos específicos de un objeto de fascinación colectiva en México.

Norbert Elias, en su libro Deporte y ocio en el proceso de civilización, afirma que: “... el deporte es uno de los grandes inventos sociales que los seres humanos han hecho sin haberlo planeado. Les ofrece la liberadora emoción de una lucha en la que invierten habilidad y esfuerzo físico mientras queda reducida al mínimo la posibilidad de que alguien resulte seriamente dañado”, es decir, una guerra simulada con sus héroes, sus leyendas, sus mitos, sus construcciones colectivas, incluso sus dioses a quienes se rinde pleitesía.

En el texto se asienta que a pesar de la sequía de resultados del Guadalajara, una encuesta de 2008, ratificada en otra levantada en 2011 por Consulta Mitofsky, apuntaba que el equipo jalisciense seguía siendo el más popular del país, con un apretado punto por encima de su acérrimo rival, el América. Pero resulta que esto ya se acabó, el periódico Récord publicó hace unas semanas, como un mazazo seco, que las Águilas habían superado por fin a las Chivas en los índices de popularidad. Un hito más que se derrumba.

Cuando se enfatiza el mexicanísimo origen del Guadalajara, se omite, como sin querer, que sus fundadores fueron un comerciante belga de nombre Edgar Everaert Roose y el francés Calixto Gas, quienes en 1906 iniciaron el antecedente del equipo, al que llamaron Unión Football Club.

Javier Bañuelos Rentería lo relata así en Crónica del futbol mexicano: “Everaert había practicado el futbol en Brujas, su ciudad natal, y comenzó a motivar a sus compañeros a jugarlo. Así, los convenció de ir a pelotear a los llanos de la colonia Moderna. Un día de 1906, cuando consideró que sus alumnos estaban listos, les propuso formar un club, al que llamaron Unión. Era, en pocas palabras, un combinado franco-tapatío dirigido por un belga”.

En febrero de 1908, en casa de doña Nicolasa Sáinz, abuela de los hermanos Orozco, jugadores emblemáticos de ese club originario, se realizó un cónclave al que no fueron convocados los extranjeros, ahí se aceptaron dos propuestas, una de Gregorio Orozco, que en realidad fue sugerencia de Everaert, quien afirmaba que los equipos de futbol se arraigaban en el gusto de la gente si llevaban el nombre de su ciudad, en el sentido de que el conjunto se llamara de ahí en más Guadalajara, y otra para que el equipo estuviera integrado exclusivamente por mexicanos, lo que resultaría determinante en la historia de la institución.

En un inicio la orientación era más bien regionalista, es decir, que alinearan jugadores de preferencia tapatíos, aunque no hubo mayor objeción porque alinearan futbolistas jaliscienses, este regionalismo llegó al grado de que a Jaime Tubo Gómez se le consideraba fuereño, ya que había nacido en Colima, aunque se decía con énfasis que había llegado muy pequeño a Guadalajara y ahí decidió radicarse; curiosa acotación para este portero que fue una auténtica leyenda de las Chivas, quien incluso devino su historiador oficial. Ya luego se reblandecería esta restricción y militarían en el club futbolistas de todo el país, inclusive algunos provenientes nada menos que del Atlas y del América, sus acérrimos rivales.

Un caso llamativo fue el de Hans Peter Friessen Wuttke, jugador de las Chivas nacido en Guadalajara, de padres mexicanos oriundos en Chihuahua y Sonora, pero de abuelos alemanes, es decir, se trataba de un tapatío casi extranjero.

Pero otro agujero en la leyenda se abre cuando nos referimos a Jesús Padilla, nacido en San José, California, o a Gerardo Mascareño, quien además de provenir del otro rival emblemático de las Chivas que es el Atlas, también se descubrió que era oriundo de Estados Unidos, y de ahí se desgranó la mazorca con los nombres de Eduardo Fernández, nacido en El Paso: Rafael Gutiérrez Aldaco, de Los Ángeles, y Salvador Reyes de la Peña, hijo de uno de los máximos referentes del Campeonísimo, Chava Reyes, quien nació en 1968 en Hollywood, cuando su padre jugaba para los Toros de los Ángeles. Nuevo mito fundacional que se viene abajo.

Otra curiosidad es que el origen del uniforme tampoco tiene una raigambre nacional, de hecho Everaert consiguió que en la camiseta estuvieran el rojo y el blanco que ostenta en su escudo la ciudad de Brujas, donde nació, y los franceses sugirieron que el pantaloncillo fuera azul, para que en la combinación estuvieran representados los colores de la bandera gala.

En la mexicanidad del club se ha excluido también, aunque sin hacer énfasis, a los entrenadores, en cuyo banco se han sentado húngaros, escoceses, argentinos, uruguayos y holandeses, sin que ello haya hecho merma en la “pureza originaria”, en la sinécdoque que representa el arquetipo de lo nacional.

Si en un juego metafórico se enlaza al Guadalajara con el país, podremos equiparar debacles: la situación política, económica y social de México es un despeñadero que evidencia una descomposición extremadamente acentuada, mientras las Chivas, el otrora Campeonísimo, pelea por no descender de división, e incluso perdió ya con Dorados, que es de hecho su seguro de permanencia en la primera. Su dueño, Jorge Vergara, no habla de un equipo emblemático, sino de una marca donde todo puede comercializarse, reconoce que no sabe nada de futbol, pero sus caprichos han abierto verdaderos boquetes abajo de la línea de flotación del equipo. La desgracia nacional reflejada en uno de los emblemas de la mexicanidad.

Aun mermado, el Guadalajara sigue siendo un mito fundacional de algo que sobrepasa al propio once jalisciense. Sin hacer un parangón, porque las circunstancias son muy distintas, puede decirse de las Chivas que, como se asienta en el lema del Barcelona, es más que un club.

Una buena conclusión es la que apunta Luis Carlos al citar una frase de Freud extraída de Psicología de las masas y análisis del yo, la cual asienta: “Las masas nunca conocieron la sed de la verdad. Piden ilusiones, a las que no pueden renunciar. Lo irreal siempre prevalece sobre lo real, lo irreal las influye casi con la misma fuerza que lo real. Su visible tendencia es no hacer distingo alguno entre ambos”. O bien la idea del propio padre del psicoanálisis proveniente precisamente de El porvenir de una ilusión sobre la la necesidad que tenemos los seres humanos de creer o ilusionarnos, ya sea a través de las religiones o en diferentes íconos que nos convoquen con la finalidad de hacer frente a los distintos sufrimientos humanos.

Por último, tras agradecer a Luis Carlos Vázquez la lectura de su excelente trabajo, sólo espero que estas palabras sirvan para interesarlos en este texto tan original, en esta innovadora aproximación a los mitos y en este acercamiento analítico y apasionado al hermoso deporte que sin duda es el futbol.


jueves, 21 de enero de 2016

Mancerópolis / 2

Me ha llamado la atención que la entrega anterior de este blog suscitara dos decenas de comentarios, incluidos varios, provenientes de cuentas falsas, enfocados en ensalzar la labor del doctor Mancera, los cuales fueron denunciados vehementemente por el amable lector Sergio González. Atribuyo la cantidad de comunicaciones, sobre todo, a la preocupación e irritación que el nuevo Reglamento de Tránsito ha causado entre la población.

Otro atento lector, Pablo Gómez, me envió una comunicación que me parece conveniente destacar, porque además de la crítica implícita en su texto, brinda una alternativa al abuso, la cito textualmente:

Mira Andrés: dice la Constitución, formalmente vigente (art. 21), que las multas a los jornaleros, obreros o trabajadores no pueden ser mayores del importe de su jornal o salario de un día. Se trata de la inmensa mayoría de los multados, los cuales no deberían pagar las multas del reglamento de tránsito sino las definidas en la Carta Magna que para eso es magna. La pregunta es ¿cómo hacer valer esta disposición constitucional? Bueno, tiene que hacerse en el procedimiento administrativo de justicia cívica, creo. Cada vez que un obrero o empleado sea mutado, debe ir a reclamar su derecho constitucional. Son tantos que podríamos abrir un organismo dedicado a este asunto y habría colas. ¿No lo crees? Por lo demás si las multas excesivas en materia penal están prohibidas por la Constitución, en materia administrativa también debería ser así y con mucha mayor razón. ¿O no?”

Además, un número insólito de personas me ha buscado para contarme sus cuitas relacionadas con este malhadado reglamento, he seleccionado tres:

1.- Propietario de un automóvil modelo 1978, un compañero me mostró la multa que le impusieron porque, según afirma la autoridad de tránsito de la capital, su vehículo circulaba en una avenida con semáforos a ¡140 kilómetros por hora! “La voy a enmarcar – me dijo socarrón–, porque es como una hazaña gloriosa para mi viejo coche; además, tal vez me sirva si quiero venderlo, jamás imaginé que con casi cuatro décadas el motor de mi carcacha fuera todavía así de potente”.

2.- Tras conversar durante el traslado sobre el reglamento, el conductor de un taxi me pidió que me fijara en que no llevaba el pie sobre el acelerador y aun así su automóvil circulaba a 30 kilómetros por hora únicamente con el funcionamiento neutro del motor, sólo que esto sucedió en una zona donde los discos marcaban un límite de 20 kilómetros por hora, “¿qué hago, señor, dígame?, ¿circulo con el freno puesto? Esto es una estupidez”, remató.

3.- Realmente indignado, un amigo me relató que la madrugada anterior circulaba con su hijo luego de salir de un hospital donde habían internado de urgencia a un familiar, “estábamos realmente consternados, platicábamos sobre la situación e íbamos a una velocidad moderada cuando el flash de la fotomulta nos alumbró”. Con el propósito de que constatara lo que me narraba, pasó por mí al periódico para que a una hora similar de la madrugada transitáramos por calzada de Tlalpan, donde lo habían fotografiado. Metros adelante de Xotepingo divisamos a un individuo al lado de la cámara para acreditar las multas, me pidió insistentemente que me fijara en el velocímetro, marcaba 60 kilómetros por hora, no bien habíamos rebasado el punto cuando accionó el flash, metros adelante estaba un disco que fijaba el límite de velocidad en 80 kilómetros. Golpeó con furia el volante y me soltó: “Esto no es un reglamento, ¡es un asalto!”

Si en este breve lapso he escuchado sinnúmero de quejas sobre arbitrariedades y he sido testigo de tres, imagino el cúmulo que habrán enfrentado los habitantes de la flamante CDMX SA.

PD.- En un letrero colocado en la parte posterior de un automóvil se leía: “Disculpe que circule a esta velocidad, pero no tengo para pagar la multa”.


miércoles, 13 de enero de 2016

Mancerópolis

El que muy pronto será ex Distrito Federal se ve agobiado por un cúmulo de males, anomalías, irregularidades, abusos y negocios bajo la mesa que con visión más bien mercantil impulsan alegremente sus gobernantes. No es nueva la visión patrimonialista de quienes llegan a cualquier nivel de gobierno (federal, estatal o municipal), lo novedoso es que han dejado atrás la hipocresía para instalarse en el cinismo, al fin que en el reino de la impunidad nadie paga por los platos rotos.

En una ciudad que se reclama democrática y progresista, salen de tono los ucases con los que se imponen corredores, obras viales, usos de suelo y reglamentos, sin mediación, sin consulta y sin, por lo menos, el derecho al pataleo, es decir, sin mecanismos reales de defensa de los ciudadanos. Quizá lo que se pretende es fundar el consorcio CDMX SA.

El caso del nuevo reglamento de tránsito es ilustrativo al respecto.

Aunque el jefe de Gobierno lo niega, en el contrato SSP/BE/S/312/2015, que no se sometió a licitación y que fue firmado por Erica Yahaira Leija Macías, oficial mayor de la Secretaría de Seguridad Pública capitalina, mismo que tiene vigencia del 15 de diciembre de 2015 al 31 de diciembre de 2017, se estipula que la empresa Autotraffic deberá cumplir con un mínimo de 150 mil multas mensuales, un promedio de 5 mil diarias. Esto significa que, al término del contrato, se habrán impuesto, al menos, 23 millones 730 mil sanciones.

Hay infracciones, como la prevista para quien utiliza un teléfono móvil mientras conduce, que se elevó hasta 700 por ciento, o la prevista para quien exceda el límite de velocidad, de casi 400 por ciento de incremento, por cierto, es un misterio cómo se estableció en las vialidades el límite de velocidad, que va de los 20 a los 80 kilómetros por hora.

Si tomamos como parámetro el promedio de las multas derivadas de las infracciones más comunes, éste sería de 2 mil 98 pesos 50 centavos, si esto se multiplica por las 150 mil multas mensuales, la recaudación llega a 314 millones 775 mil pesos cada mes y 3 mil 777 millones 300 mil pesos al año, lo que al término del contrato, si sumamos las sanciones de la segunda quincena de diciembre de 2015, cuando el reglamento entró en vigor, da un total de 7 mil 711 millones 987 mil 500 pesos.

Nada mal como ingreso extra para la ciudad, sólo que en el mismo contrato se estipula que la empresa Autotraffic, a la que se le otorgó la concesión, se quedará con 46 por ciento de ese monto, es decir, si continuamos con el mismo cálculo: 3 mil 547 millones 514 mil 250 pesos.

Al parecer, el empeño del doctor Mancera por desvincular la indexación del salario mínimo del cobro de multas y derechos tenía un destino ahora claro, toda vez que no se corresponde el incremento del mínimo salarial, que fue de 4.2 por ciento, equivalente a 2.94 pesos, con el aumento de hasta 700 por ciento en las multas del nuevo reglamento de tránsito de la capital. Argumentan que la desmesura de las multas será un factor disuasivo para la comisión de infracciones, eso está por verse.

Son sanciones ejemplarizantes por su dureza en una ciudad donde, paradójicamente, hasta un ciego puede tener una licencia simple de conducir con sólo pagar por ella.

Sería de esperar, además, que las sanciones no tengan excepción, como lo que sucede ahora con el transporte urbano concesionado, cuyos conductores se comportan como si fueran los dueños de la ciudad e imponen su ley de manera atrabiliaria, inclusive frente a los agentes de tránsito, sin que nadie ose siquiera llamarles la atención, también veremos si esto se cumple.

Eso no significa que se deba rechazar en todo el reglamento, de hecho, muchos de sus artículos contienen normas más que atendibles, que de haberse consensuado es probable que hubieran tenido la aprobación mayoritaria de la población, sólo que el ucase cayó como rayo del cielo, castigo sin consulta, sin orientación, sin acompañamiento ciudadano.

Ante estos datos, habría que preguntar varias cuestiones:

Por ejemplo, ¿hubo consulta y se recabó consenso entre la población afectada? No.

¿Hay un parangón entre el aumento en el monto de las multas y el incremento al salario? No.

¿Se licitó la asignación del contrato? No.

¿Se sabe el destino que dará el gobierno capitalino a los recursos recaudados por las multas? No.

¿Hay algún mecanismo previsto para encauzar las inconformidades de los conductores ante las sanciones? No.

Habría que tener presente que durante las crisis se multiplica considerablemente la intolerancia ante los abusos de los políticos. No parece que las autoridades del hasta ahora Distrito Federal tengan esto en mente.


PD.- Corre el gracejo de que más que engordar su cochinito, el jefe de Gobierno alimenta una piara