lunes, 14 de marzo de 2016

Las Chivas al diván

No hay título que de una u otra manera no prefigure a su autor, así que algo hay en La fascinación colectiva por las Chivas del Guadalajara, de Luis Carlos Vázquez, en donde la sombra de Sigmund Freud se proyecta, porque bien podría haberlo nombrado, si no se le hubiera adelantado el padre del psicoanálisis, “El porvenir de una ilusión tras la desilusión de un pasado”.

Y es que este libro es una documentada aproximación psicoanalítica a un equipo que es un verdadero mito del futbol nacional, realizada a partir de una rigurosa revisión histórica, basada en fuentes bibliográficas, hemerográficas y testimonios directos, para desmontar uno a uno los pilares sobre los que se ha erigido la leyenda, pero sin dejar de reconocer que en el fondo ésta permanece inamovible.

Este volumen es un análisis desmitificador, sin duda, pero, ¿podría afirmarse que se trata de un texto para denostar al Rebaño Sagrado?, de ninguna manera. Es más, uno sale de la lectura de este libro con la convicción de la indestructibilidad del mito, de la raigambre digamos religiosa en donde el halo es más grandioso que el ente mismo.

Luis Carlos Vázquez es un reconocido psicoanalista, un serio explorador de la mente y las emociones humanas, aunque también ha sido autor de una columna deportiva semanal que durante tres lustros apareció en los periódicos Siglo 21 y Público, de Guadalajara, de manera que en él se conjugaron las cualidades exactas para haber abordado un tema tan espinoso, complejo y lleno de aristas, pero al mismo tiempo hacerlo sin acartonamiento academicista, para volverlo ameno e ilustrativo, susceptible de tener una vasta amplitud de lecturas, desde la del especialista hasta la del aficionado al futbol.

El autor aplica la brújula de Freud en sus aproximaciones a lo social desde el psicoanálisis para abrir la posibilidad de ver bajo una nueva luz lo ya sabido, pero asimismo nos brinda la oportunidad de ir más allá de un equipo de futbol, para aportarnos los elementos específicos de un objeto de fascinación colectiva en México.

Norbert Elias, en su libro Deporte y ocio en el proceso de civilización, afirma que: “... el deporte es uno de los grandes inventos sociales que los seres humanos han hecho sin haberlo planeado. Les ofrece la liberadora emoción de una lucha en la que invierten habilidad y esfuerzo físico mientras queda reducida al mínimo la posibilidad de que alguien resulte seriamente dañado”, es decir, una guerra simulada con sus héroes, sus leyendas, sus mitos, sus construcciones colectivas, incluso sus dioses a quienes se rinde pleitesía.

En el texto se asienta que a pesar de la sequía de resultados del Guadalajara, una encuesta de 2008, ratificada en otra levantada en 2011 por Consulta Mitofsky, apuntaba que el equipo jalisciense seguía siendo el más popular del país, con un apretado punto por encima de su acérrimo rival, el América. Pero resulta que esto ya se acabó, el periódico Récord publicó hace unas semanas, como un mazazo seco, que las Águilas habían superado por fin a las Chivas en los índices de popularidad. Un hito más que se derrumba.

Cuando se enfatiza el mexicanísimo origen del Guadalajara, se omite, como sin querer, que sus fundadores fueron un comerciante belga de nombre Edgar Everaert Roose y el francés Calixto Gas, quienes en 1906 iniciaron el antecedente del equipo, al que llamaron Unión Football Club.

Javier Bañuelos Rentería lo relata así en Crónica del futbol mexicano: “Everaert había practicado el futbol en Brujas, su ciudad natal, y comenzó a motivar a sus compañeros a jugarlo. Así, los convenció de ir a pelotear a los llanos de la colonia Moderna. Un día de 1906, cuando consideró que sus alumnos estaban listos, les propuso formar un club, al que llamaron Unión. Era, en pocas palabras, un combinado franco-tapatío dirigido por un belga”.

En febrero de 1908, en casa de doña Nicolasa Sáinz, abuela de los hermanos Orozco, jugadores emblemáticos de ese club originario, se realizó un cónclave al que no fueron convocados los extranjeros, ahí se aceptaron dos propuestas, una de Gregorio Orozco, que en realidad fue sugerencia de Everaert, quien afirmaba que los equipos de futbol se arraigaban en el gusto de la gente si llevaban el nombre de su ciudad, en el sentido de que el conjunto se llamara de ahí en más Guadalajara, y otra para que el equipo estuviera integrado exclusivamente por mexicanos, lo que resultaría determinante en la historia de la institución.

En un inicio la orientación era más bien regionalista, es decir, que alinearan jugadores de preferencia tapatíos, aunque no hubo mayor objeción porque alinearan futbolistas jaliscienses, este regionalismo llegó al grado de que a Jaime Tubo Gómez se le consideraba fuereño, ya que había nacido en Colima, aunque se decía con énfasis que había llegado muy pequeño a Guadalajara y ahí decidió radicarse; curiosa acotación para este portero que fue una auténtica leyenda de las Chivas, quien incluso devino su historiador oficial. Ya luego se reblandecería esta restricción y militarían en el club futbolistas de todo el país, inclusive algunos provenientes nada menos que del Atlas y del América, sus acérrimos rivales.

Un caso llamativo fue el de Hans Peter Friessen Wuttke, jugador de las Chivas nacido en Guadalajara, de padres mexicanos oriundos en Chihuahua y Sonora, pero de abuelos alemanes, es decir, se trataba de un tapatío casi extranjero.

Pero otro agujero en la leyenda se abre cuando nos referimos a Jesús Padilla, nacido en San José, California, o a Gerardo Mascareño, quien además de provenir del otro rival emblemático de las Chivas que es el Atlas, también se descubrió que era oriundo de Estados Unidos, y de ahí se desgranó la mazorca con los nombres de Eduardo Fernández, nacido en El Paso: Rafael Gutiérrez Aldaco, de Los Ángeles, y Salvador Reyes de la Peña, hijo de uno de los máximos referentes del Campeonísimo, Chava Reyes, quien nació en 1968 en Hollywood, cuando su padre jugaba para los Toros de los Ángeles. Nuevo mito fundacional que se viene abajo.

Otra curiosidad es que el origen del uniforme tampoco tiene una raigambre nacional, de hecho Everaert consiguió que en la camiseta estuvieran el rojo y el blanco que ostenta en su escudo la ciudad de Brujas, donde nació, y los franceses sugirieron que el pantaloncillo fuera azul, para que en la combinación estuvieran representados los colores de la bandera gala.

En la mexicanidad del club se ha excluido también, aunque sin hacer énfasis, a los entrenadores, en cuyo banco se han sentado húngaros, escoceses, argentinos, uruguayos y holandeses, sin que ello haya hecho merma en la “pureza originaria”, en la sinécdoque que representa el arquetipo de lo nacional.

Si en un juego metafórico se enlaza al Guadalajara con el país, podremos equiparar debacles: la situación política, económica y social de México es un despeñadero que evidencia una descomposición extremadamente acentuada, mientras las Chivas, el otrora Campeonísimo, pelea por no descender de división, e incluso perdió ya con Dorados, que es de hecho su seguro de permanencia en la primera. Su dueño, Jorge Vergara, no habla de un equipo emblemático, sino de una marca donde todo puede comercializarse, reconoce que no sabe nada de futbol, pero sus caprichos han abierto verdaderos boquetes abajo de la línea de flotación del equipo. La desgracia nacional reflejada en uno de los emblemas de la mexicanidad.

Aun mermado, el Guadalajara sigue siendo un mito fundacional de algo que sobrepasa al propio once jalisciense. Sin hacer un parangón, porque las circunstancias son muy distintas, puede decirse de las Chivas que, como se asienta en el lema del Barcelona, es más que un club.

Una buena conclusión es la que apunta Luis Carlos al citar una frase de Freud extraída de Psicología de las masas y análisis del yo, la cual asienta: “Las masas nunca conocieron la sed de la verdad. Piden ilusiones, a las que no pueden renunciar. Lo irreal siempre prevalece sobre lo real, lo irreal las influye casi con la misma fuerza que lo real. Su visible tendencia es no hacer distingo alguno entre ambos”. O bien la idea del propio padre del psicoanálisis proveniente precisamente de El porvenir de una ilusión sobre la la necesidad que tenemos los seres humanos de creer o ilusionarnos, ya sea a través de las religiones o en diferentes íconos que nos convoquen con la finalidad de hacer frente a los distintos sufrimientos humanos.

Por último, tras agradecer a Luis Carlos Vázquez la lectura de su excelente trabajo, sólo espero que estas palabras sirvan para interesarlos en este texto tan original, en esta innovadora aproximación a los mitos y en este acercamiento analítico y apasionado al hermoso deporte que sin duda es el futbol.