Ni
remotamente Frank Warren imaginó que su orden al reportero Upton
Sinclair de investigar una huelga y la preparación de cárnicos en
Chicago fuera a convertirse en un verdadero tsunami.
Y
no es que el editor del periódico Appeal
to Reason
(Llamado
a la razón)
ignorara la capacidad y el olfato de su reportero,
por algo le encargó a Sinclair, entonces de 27 años, una
indagatoria que se extendería a 36 entregas que al
final abarcarían
casi la totalidad del año de 1905.
La
mirada del reportero fue un auténtico bisturí que develó no sólo
las atroces condiciones de semiesclavitud de miles de trabajadores en
los mataderos de Chicago, sino las nulas condiciones de higiene de
los productos que ahí se elaboraban.
Fueron
tan gigantescas las olas de indignación que levantó ese reportaje,
que incluso el presidente Theodore Roosevelt recibió a Sinclair en
la Casa Blanca, sin ningún entusiasmo –porque
su animadversión a las ideas socialistas del autor de la serie eran
de suyo conocidas–,
para asegurarle que el gobierno tomaría el asunto en sus manos y
poco más
tarde
se promulgó la llamada Pure Food Legislation, para regular la
producción de alimentos, y se crearon instancias federales para
supervisar las prácticas de los mataderos.
Tiempo
después, Upton Sinclair convertiría ese reportaje en una novela que
estaba llamada a convertirse en un verdadero fenómeno editorial,
además de un hito entre las denuncias de la injusticia social, tanto
fue así que en 1906 el gran Jack London escribió que “La
Jungla puede
ser para los esclavos asalariados de hoy lo que La
cabaña del tío Tom
hizo por los esclavos negros del siglo pasado”.
El
proceso editorial de La
jungla
es, en sí mismo, otra novela, como bien relata José Ramón Calvo
Irurita en el prólogo del volumen que editó
recientemente la Brigada para Leer en Libertad (el cual se puede
descargar gratuitamente en la página web
www.brigadaparaleerenlibertad.com).
Se trata de
una serie de vicisitudes, cambios, adaptaciones, cortes y procesos de
edición que tuvieron tantas versiones que acabaron desalentando la
sucesiva publicación de este libro tan injustamente olvidado y que
se
rescata hoy en un acto de auténtica justicia poética.
Este
reportaje, crónica, novela, arenga y llamado a la acción seguirá
conmoviendo a los lectores de hoy día, porque describe, de manera
nítida, el proceso descarnado de acumulación de capital; la etapa
de industrialización a todo tren y sin tapujos de Estados Unidos; el
maltrato, la discriminación y la explotación inicua de los
migrantes, y la formación de una conciencia proletaria entre las
masas campesinas que llegaban por oleadas de Europa en busca del
siempre quimérico sueño
americano.
Sinclair
conduce su relato a partir de la historia de una familia de emigrados
de Lituania, cuya cabeza, Jurgis, nos conduce por esta suerte de
Divina
comedia
de la consolidación del capitalismo, porque, en efecto, aquí
ciertamente hay un infierno tan minuciosamente descrito que el horror
no le es ajeno; un purgatorio de vicios donde sucumbe la mayoría de
los trabajadores derrengados por el agotamiento físico y la derrota
moral, y un paraíso representado por el
advenimiento
de una conciencia de
clase
capaz de transformar la vida misma.
Jurgis
no es un héroe sin más, no transita por la épica y su vida no
enaltece los valores de un dirigente proletario, Upton Sinclair nos
lleva por otro camino, mucho más complejo y por ello más cercano a
la vida, no por nada tocó la conciencia de cientos de miles de
lectores, el autor nos conduce por los meandros de la condición
humana, del vicio, de la corrupción, de la degradación, de la
traición y la cuchillada trapera a los suyos, hasta hacer emerger
del lodo a un hombre que al haber visto prácticamente completa la
cara de la abyección emerge
desde
el cieno hasta la solidaridad con los suyos.
Había
escrito varias cuartillas más
para
intentar describir la calidad de este escritor de brillantez
inaudita, pero me detuve al pensar que en realidad el lector mexicano
común de estos días no tiene, desafortunadamente, un referente
preciso de la literatura de Sinclair, así que después de pensarlo
unos días, tiré lo escrito y decidí que lo mejor para enamorar a
los
posibles
con
este libro sería transcribir
al propio Upton y dejar que su escritura los sorprenda y encandile.
Y
es que hay que añadir
que el tamaño de esta denuncia palidecería y se volvería ineficaz
si no hubiera sido acompañada de una espléndida pluma.
Por
ejemplo, en esta pronta desilusión de Jurgis y su familia, que
Sinclair condensa de manera brillante:
“Algunos
días de experiencia práctica les habían bastado para comprender
claramente que este país de salarios elevados era también el de los
precios caros, y que el pobre era en él tan pobre como en cualquier
otra parte del mundo. ¡En una noche se desvanecían todos los sueños
de riqueza que habían cruzado por la imaginación de Jurgis! Lo que
hacía aún más penoso el descubrimiento era que se veían en camino
de gastar, con arreglo a los precios de América, el dinero que
habían ganado con arreglo al salario de su país. ¡Así pues, se
les robaba! Llevaban ya dos días en que casi se dejaban morir de
hambre; tanto dolor les causaba pagar lo que les pedían por su
alimentación.”
También
esta
la
descripción minuciosa de varios procesos en los mataderos que marcan
un contrapunto entre frases brillantes y poéticas para introducirnos
a la crueldad desatada del exterminio,
del holocausto animal, como en los siguiente pasajes:
“El
guía continuó diciendo que había unos cuatrocientos kilómetros de
vía férrea dentro del recinto de los Stock-Yards. Cada día los
trenes conducían sobre diez mil reses, otros tantos cerdos y cerca
de la mitad de cabezas lanares, es decir, de ocho a diez millones de
seres vivientes sacrificados y transformados en alimento para el
hombre anualmente.
“A
poco que el observador fuera fijándose, podría notar cierto
movimiento lento pero constante de toda aquella masa, y advertir el
sentido y dirección de la marea hacia los mataderos. En efecto, el
ganado iba siendo conducido por grupos desde los cercados a unas
salidas que comunicaban con unos caminos de quince pies de anchura y
que, en plano inclinado, van elevándose sobre el nivel de los
cercados. Por estos caminos la corriente de animales era siempre
continua, y era cruel ver a los pobres seres marchar, apretándose
unos contra otros, hacia su fin, completamente inconscientes de la
suerte que les aguardaba. Aquello era un verdadero río de muerte.”
O
la parte porcina del proceso:
“No
se podía contemplar largo tiempo esta escena sin sentirse inclinado
a filosofar, sin empezar a encontrar símbolos y semejanzas, sin oír
el alarido universal de toda la especie porcina. ¿Era posible creer
que en ninguna parte de la tierra, o más allá de la tierra, no haya
un paraíso para los puercos, donde vean recompensados todos sus
sufrimientos? Cada uno de estos pobres animales era una criatura
completa, un ser sensible. Los había blancos, negros, pardos y
manchados; unos eran viejos, otros jóvenes; unos grandes y delgados,
y otros cuales monstruos por lo gordos. Y todos y cada uno tenían
una individualidad, una voluntad y esperanzas y deseos; cada uno de
ellos estaba en la plenitud de la confianza en sí mismo, de su
importancia y de su dignidad. Confiados y tranquilos seguían su
camino e iban cumpliendo su misión, en tanto que una sombra negra
los amenazaba y un destino horrible les aguardaba al paso.
“De
repente, aquella sombra se lanzaba sobre ellos y los amarraba;
inexorable, implacable, sorda a sus alaridos y protestas, ejercía
sobre ellos su cruel voluntad, como si los deseos, los sentimientos
de aquellos seres no existiesen en absoluto. Y los degollaba y
contemplaba inalterable mientras de ellos se escapaba la vida. Ahora
bien, ¿habría alguien que no creyera en la existencia de algún
dios de los cerdos para quien la personalidad de estos animales sea
preciosa y para quien sus gritos de agonía tengan significado?
¿Quién tomará a este ser sensible en sus brazos, le consolará y
le recompensará por su misión bien cumplida y le mostrará el
significado de su sacrificio?”
O
acaso también el descubrimiento de las trampas y mezquindades
humanas en
los mataderos:
“Por
esta razón, el establecimiento era de arriba abajo como una inmensa
caldera donde hervían odios, celos y desconfianzas. Allí no había
ni lealtad ni respeto humano; allí los hombres no representaban nada
aparte de los dólares. Lo peor de todo era que, así como no había
decencia, tampoco existía la honradez. ¿Cuál sería la razón de
todo esto? Nadie acertaba a decirlo. Acaso proviniera del viejo
Anderson en un principio; era una herencia que había dejado a su
hijo al mismo tiempo que sus millones. Nunca hubo en todo Chicago un
hombre tan ruin como el viejo Anderson; ese hombre hecho a sí mismo.
Desde su fallecimiento, la empresa había dejado atrás la costumbre
de pagar dos dólares menos por cada cuarenta, pero seguían
haciendo cosas que les llevarían directos a la cárcel, si no fuera
porque podían permitirse el lujo de tener a los jueces en su
nómina.
¿Qué
cosas eran esas? Tamoszius aseguró a Jurgis que él mismo lo
descubriría si permanecía en la casa el tiempo suficiente. Los
obreros manuales eran los que tenían que ejecutar, al fin y al cabo,
todas las trampas sucias y todos los engaños. Con ellos, pues, no
valían argucias. Acostumbrados ellos mismos a aquella atmósfera,
concluían por obrar, en su esfera, como todos los demás. Jurgis
había llegado allí con la idea de hacerse útil, de elevarse poco a
poco en su grado y
llegar a ser un obrero especializado. No tardaría mucho en salir de
su error: nadie asciende en Packingtown por hacer bien su trabajo.
Allí, por el contrario, podía sentarse como regla general que
cuando un hombre va ascendiendo de categoría era porque se trataba
de un canalla. El hombre que había hablado al padre de Jurgis,
enviado indudablemente por un capataz, ascendería; el obrero que
espía y denuncia a sus camaradas, asciende; pero el que no piensa
más que en su propio trabajo y en hacer bien su labor, a ése se le
«mete caña» hasta agotarlo, y entonces, cuando ya no sirve para
nada, se le tira a la alcantarilla.”
Más
adelante agrega:
“Ya
había comprendido cómo funcionaban las cosas que le rodeaban: las
leyes de la jungla. En realidad, la vida no era sino una lucha de
cada uno contra todos, en la que el diablo se lleva a los vencidos.
Era una guerra a muerte, librada sin respiro y la única salvación
estaba en permanecer muy atento, preparado para pelear o salir
huyendo. Era mejor viajar a oscuras, atacar desde la sombras y, si la
víctima resultaba muerta, no había que pararse en lamentos: el que
cae tampoco pide compasión, se arrastra hacia su agujero para morir
allí y punto. En otras palabras, se trata de meter dinero en la
cartera. No se debía agasajar a la gente, sino esperar que la gente
le agasajara a uno. Hay que andar por el mundo con el alma llena de
sospechas y de odios; si alguien le habla a uno de amistad y
confianza, ya se sabe lo que realmente quiere. Uno debe estar
convencido de que siempre se halla rodeado de poderes hostiles que
conspiran continuamente contra nuestro dinero y que se valen de la
máscara de las virtudes para ocultar sus lazos y sus trampas. Los
escaparates de las tiendas están llenos de toda clase de mentiras
para atraernos; las bardas en los caminos, los postes telegráficos,
los faroles y las esquinas de las calles, todo está cubierto de
carteles llenos de embustes. La gran compañía que nos emplea nos
miente y miente al país entero. Todo de arriba abajo no es sino una
inmensa patraña. El país entero es una mentira: una mentira su
libertad, una trampa para los trabajadores pobres; su prosperidad no
era sino una falacia creada por los empresarios ricos; su justicia,
una falacia creada por políticos corruptos. No importa a dónde
vayas o con qué motivo –para comprar una casa, por ejemplo–, no
debes escuchar toda la palabrería amable ni dejarte persuadir por la
cortesía: uno debía ser amable y cortés, hasta donde fuera
posible, pero tenía que tener muy claro que
en ese preciso momento la persona que estaba delante era un ladrón y
en todo momento había que estar preparado para montar en cólera y
amenazarle.”
Los
guiños culturales, por ejemplo en la referencia a Harriet Beecher
Stow y su libro La
cabaña del tío Tom
y sus analogías sobre el esclavismo son claras:
“Hace
algún tiempo, una mujer de gran corazón dio a conocer los
sufrimientos de los esclavos negros y levantó a un continente en
armas. Tenía varias cosas en
su favor con las que no puede contar quien pretenda describir la vida
del esclavo moderno: el esclavo de las fábricas, de los talleres, de
las minas. El látigo con el que se le azota no se puede ver ni
escuchar y la mayoría de la gente no cree que exista: es la
hipocresía típica de la filantropía y de la convención política
la que niega su existencia. A este esclavo no se le caza con perros,
no lo matan a golpes malvados arquetípicos ni muere en el éxtasis
de la fe religiosa. De hecho, su religión no es más que otra de las
trampas que le tienden sus opresores y la más amarga de sus
desdichas. Los perros que le acosan son la enfermedad y los
accidentes y el villano que lo asesina no es sino el índice
salarial. ¿Quién puede generar una emoción intensa en el lector
narrando una cacería humana en la que la víctima es un extranjero
piojoso e inculto y en la que los perros de caza son los gérmenes de
la tuberculosis, la difteria y el tifus? ¿Quién es capaz de novelar
la historia de un hombre cuya única peripecia vital reside en
cortarse un dedo con un cuchillo de matarife infectado y cuyo
desenlace consiste en una caja de pino y una tumba de pobre? Aunque
morir de envenenamiento sanguíneo pueda ser tan doloroso como morir
a
consecuencia de los golpes, la imagen de unos perros de caza
desgarrando a alguien hasta la muerte sugiere un destino más
clemente que aquel al que se enfrentan cada año miles de personas de
Packingtown: ser presas de la más amarga pobreza, estar mal
vestidos, vivir en una casa infecta, debilitados por el hambre, el
frío y las inclemencias del tiempo, derribados por la enfermedad o
los accidentes laborales… Después de esto, esperar que el flaco
lobo del hambre se acerque arrastrándose para roerte el corazón y
destruir los cuerpos y almas de tu mujer y tus hijos.”
Y,
finalmente, el relámpago que en la más profunda oscuridad ilumina y
descubre, desconcierta y sacude, como en este fragmento del discurso
de un activista del Partido Socialista que arenga a sus compañeros y
que estremece a Jurgis hasta la médula:
“¡A
ustedes me dirijo, obreros! A los trabajadores que, habiendo alzado
este país, carecen de voz en sus instituciones. A aquellos cuyo
destino es sembrar para que otros cosechen, trabajar y obedecer sin
recibir más recompensa que la destinada a las bestias de carga, ni
otro alimento y cobijo que el que les permita subsistir hasta la
próxima jornada.
“Es
a ustedes a quienes acudo con mi mensaje de salvación, a ustedes a
quienes apelo. sé que entre ustedes ha de haber un hombre a quien el
dolor y el sufrimiento han arrojado a la desesperanza, un hombre al
que algún fortuito espectáculo de horror o de injusticia ha
despertado con una brusca sacudida. Para él, mis palabras tendrán
el efecto del relámpago para el caminante que, avanzando en la
oscuridad, ve iluminada la ruta y manifiestos sus peligros y
obstáculos; de esa misma manera mis palabras resolverán sus
problemas y arrojarán luz sobre sus dificultades. Y, caída la venda
que le cubría los ojos, libres
sus miembros de los grilletes que los apresaban, ese hombre se alzará
con un grito de gratitud y emprenderá la marcha, libre al fin. De él
emergerá un hombre liberado de una esclavitud cuyas condiciones él
mismo ha creado; un hombre que no volverá a caer en
la trampa; un hombre invulnerable a los elogios e inaccesible a las
amenazas; un hombre que, a partir de esta noche, avanzará en lugar
de retroceder, que se aplicará a estudiar para comprender, que
empuñará su espada para incorporarse a las filas de sus camaradas y
hermanos; un hombre que llevará a los demás, como yo se la he
llevado a él, la buena nueva y, con ella, el don precioso de la
libertad y la luz, que no es propiedad mía ni suya, sino patrimonio
del alma humana. ¡Obreros, trabajadores, camaradas, abran los ojos y
miren a su alrededor! Han vivido ustedes tanto tiempo en la
esclavitud que los sentidos se les han embotados y el alma se les ha
quedado yerta; pero, aunque sólo sea una vez en su vida, cobren
ustedes conciencia del mundo en que existen; arránquenle los harapos
de sus costumbres y convencionalismos y contémplenlo tal cual es, en su
desnudez repugnante. ¡Cobren conciencia de él, cóbrenla!”
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