miércoles, 27 de abril de 2016

Los paisajes de Lucía Anaya

Sería bueno que atendiéramos con mayor asiduidad las labores que desarrolla el Centro Vlady de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, instancia cultural que, como la universidad misma, estuvo en peligro de fenecer tras los sospechosos afanes destructores de la malhadada ex rectora Esther Orozco.

De a poco, con recursos modestos, el centro prevalece y mantiene su labor con la impartición de talleres y seminarios, así como la organización de conferencias, presentaciones de libros y exposiciones.

Precisamente una de estas últimas, Retazos de paisaje, es la que motiva este texto.

Un patio de distribución, como los que había en las antiguas casas de esta capital y que aún es dable observar en ciudades de varios estados de la República, alberga esta alentadora muestra del trabajo de la joven artista Lucía Anaya, quien se ha dedicado principalmente al dibujo, al grabado en madera y metal y a la escultura.

Retazos de paisaje forma parte de un proceso de experimentación gráfica que Lucía Anaya desarrolló en una estancia en la Universidad Tecnológica de Pereira, en Colombia, y su complemento realizado en la Ciudad de México, de donde es originaria.

La muestra conjuga dos ámbitos contrapuestos y sin embargo claramente significados en el contorno del patio.

En una parte de la muestra está integrado el paisaje urbano de esta ciudad en retazos de tela de unos 20 centímetros de ancho por tres metros de largo, donde la autora realizó unas linografías fijadas en tubos de policloruro de vinilo (pvc), estas tiras grabadas están dispuestas de tal manera que tienen dos vistas, una desde el corredor y la otra desde el patio.

Los temas de esta porción, todos en blanco y negro, son lo mismo un convoy del Metro, la representación grafitis sobre muros urbanos, de una malla ciclónica, de una banqueta incluso con el registro de alguna alcantarilla y dos representaciones de multitudes.

El otro segmento está integrado por los paisajes campiranos del entorno propio de la universidad de Pereira donde Lucía Anaya hizo su residencia, ahí los retazos están fijados en guaduas, carrizos originarios de Colombia que son también conocidos como bambú americano.

La disposición bifrontal de esta parte es similar a la que se ocupa del entorno urbano, sólo que aquí la representación de guaduas es el elemento central, incluso está la imagen de un guaduaducto, que no es más que un puente fabricado con estos carrizos.

En este segmento los grabados son en color, en tonalidades tenues pero vibrantes, quizá para dar la sensación brumosa de un bosque tropical.

Dos esculturas sonoras completan la exposición, una de ellas montada sobre una estructura ex profeso que da la idea de un tendedero de guaduas, pero cuyos soportes están articulados por resortes, de manera que al empujar los tubos de metal se puede hacer chocar los carrizos y éstos producen una sonoridad discordante.

La otra pieza escultórica es un largo carrizo del que penden de un hilo una serie de guaduas, que al moverlas horizontalmente provocan un sonido armónico. Ambas esculturas están dispuestas en extremos encontrados del patio.

Uno imagina si no hubiera sido quizá más integrador colocar tubos de pvc en el tendedero, que es una estructura de metal, para que así las esculturas también hicieran referencia a los dos ámbitos paisajísticos que aborda la exposición.

Aunque esto es, en fin, una elucubración propia sustentada a partir de la reflexión que suscita el interesante y creativo análisis de entornos que Lucía Anaya ha integrado a su muy feliz propuesta artística, notable en una joven que apenas está por concluir sus estudios en la Facultad de Artes y Diseño de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Esta exposición es, desde mi perspectica, una visión ambiciosa que a partir de elementos simples abarca lo complejo y le da sentido a un audaz planteamiento gráfico.

Habrá que seguir atentos al devenir de Lucía Anaya, una artista que ya desde sus inicios plantea una madurez plástica e imaginativa poco común.