Susi
bajó el brazo hasta que su mano alcanzó la mezcla de una cubeta,
concentrada, la extendió sobre los tabiques que cerraban el nicho,
lo hizo con dulzura, como si el dolor se hubiera hecho a un lado y en
sus movimientos se reconcentrara el amor.
Una
acción hermosa y conmovedora, salvo por la cruel anomalía de que
una madre ocluya el último conducto que albergará a su hijo. Aunque
infortunadamente en México lo anómalo ha empezado a hacerse
costumbre, en el caso de que las madres tengan un cuerpo que
enterrar.
Otra
anomalía fue asistir a un velorio en el que acaso estábamos cinco o
seis personas con canas, la inmensa mayoría eran jóvenes que cuando
mucho rebasaban la treintena, importa destacar que entre ellos llorar
ya no es un estigma para los hombres. Sí, fue una ceremonia plena de
lágrimas, pero también de abrazos, de intensa solidaridad, de lazos
entrañables.
Despedíamos
a Renato López, talentoso actor, músico, compositor, arreglista,
presentador y productor musical de 33 años asesinado a mansalva en
el estado de México junto a Omar Girón, uno de sus representantes
artísticos, cuando se dirigían a una cita de trabajo.
Fue
un horror, una tragedia que se ceba cada vez más en una generación
que se resiste a la desesperanza y alza la voz de formas distintas y
creativas, muy lejos de los esquemas tradicionales que se distancian
de los jóvenes de manera acelerada, sin entender que los cascarones
son frágiles y la arena del tiempo se les escurre entre los dedos.
En
el reflejo de un cristal del velatorio creí adivinar el gesto
dramático del hombre que se toma con desesperación los costados de
la cara, los ojos desorbitados y la boca abierta para lanzar un grito
abrumado de silencio, la imagen del cuadro de Edvard Munch que es la
representación del dolor, de la sorpresa que asalta la existencia,
del gemido atrapado en la garganta porque no hay sonido capaz de
deshilar la devastación.
Por
sobre el rumor sordo de esta incompresible tragedia, los acordes de
una guitarra cortaron el coro de llantos, y la música, la bendita
música, llegó para dar un giro, ciertamente anómalo, al pesado
ambiente generado
por el
dolor. Y se sucedieron las voces, espléndidas, luminosas, de chicas
y muchachos
hermanados en un homenaje a la vida, al recuerdo de uno de los suyos
que, con generosidad, brindó alegría y amor a manos llenas.
Anómalo
también, es que que un hermoso ser humano como Alex pierda a su
compañero a los 28 años, con un anillo de compromiso en el dedo que
anunciaba su ya próxima boda y el deseo de formar una familia
propia. Sé que por desgracia ella no es la única en este país, que
también en este renglón lo anormal se vuelve regular y que cada vez
habemos más mexicanos que cargamos en nuestro haber próximo alguna
víctima del crimen... de la esperanza
en la justicia,
mejor ni hablamos.
Palabras
más o menos, Susi contó que había llegado destrozada a la
funeraria, abrumada por el peso de un dolor inenarrable, pero el
espíritu que esos muchachos imprimieron a esas horas la había
blindado, la había confortado con la abrumadora empatía de una
familia extendida que despedía a un hermano. ¡No quiero que
desaparezcan de mi vida!, dijo, y un aplauso de la infinidad que
estallaron esos dos
días
resonó como caricia en la espalda de esa madre que en ese momento
era la de todos.
Sólo
alguien que como Renato sembró bonhomía a raudales, amor sin
límites, fraternidad y sonrisas puede recoger una cosecha de esta
calidez, de esta magnitud, porque su breve vida, sin embargo, tuvo la
amplitud de una bondad que deja huella.
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