Hace
unos días murió Marcos Winocur, Manucho para quienes tuvimos
el privilegio y el gusto de tenerlo cerca.
Ese
personaje de barba blanca, sonrisa permanente y agudísima
inteligencia se volvió esencial para muchos que nos sumamos a su
cauda siempre generosa aunque también siempre selectiva.
Marcos
fue un académico de muy alto nivel, de hecho cursó su doctorado en
historia en la Escuela Práctica de Altos Estudios de La Sorbona bajo
la mirada rigurosa de grandes maestros, entre ellos Fernand Braudel,
Pierre Vilar y Ruggiero Romano. Ahí coincidió con Gilberto
Argüello, un buen amigo común que trabajó sobre todo la
acumulación originaria que se dio en las haciendas de la Nueva
España y del cual conversamos largamente, siempre lamentando su
prematura muerte.
Varios
temas fueron focos de su atención académica, como la Revolución
Cubana, de la que escribió varios libros que se cuentan entre los
fundamentales de la historiografía de esa época, el populismo en
América Latina y el comunismo.
Pero
también empeñó buena parte de su vida en la militancia de
izquierda, razón por la cual llegó a México como exiliado y
rápidamente encontró un lugar de trabajo en el Instituto de
Ciencias Sociales y Humanidades de la Benemérita Universidad
Autónoma de Puebla.
También
habría que decir que Marcos tenía un gran angular en su cabeza y lo
mismo sabía de grupos de rock que de las sinfonías de Beethoven,
las que le encantaban; le interesaban lo mismo los movimientos
actuales de los jóvenes que la Segunda Guerra Mundial, de la que
tenía conocimientos eruditos; discutía de cine y literatura como de
economía y política, en fin, le gustaban los niños y era en verdad
un caballero con las mujeres.
En
los últimos tiempos una larga enfermedad fue bajando el dimer
de su intensidad, pero nunca apagó su sonrisa, la cual compartía
invariablemente con Nuria, su amore y bruja tutelar, así como
con una cauda de ayudantes con alas, como su adorada Estelita, además
de Eva, Diana, Juanita y algunos etcéteras más.
Quizá
el rasgo característico de Marcos fue siempre su sentido del humor,
a veces raro, hermético, ácido, muchas veces irónico y otras tan
sencillo como una carcajada lanzada a todo pulmón, esa capacidad,
para ser de verdad, debe comenzar por uno mismo.
Por
eso agrego a mi texto agridulce con el que le doy un hasta luego a
Manucho para seguramente continuar más tarde nuestras
discusiones ahora interrumpidas, dos muestras de su capacidad de
reírse incluso de su propia muerte, publicadas originalmente en La
Jornada de Oriente bajo el título genérico de “Marcos a la
medida”:
Dejé
París por Puebla
Sí,
dejé París por Puebla. ¿Y cómo fue? Les cuento. Había terminado
mis estudios y todavía me encontraba residiendo en la Ciudad
Universitaria –la Cité–, al frente de uno de los parques más
hermosos de París, el Montsouris. Allí estaba una soleada tarde al
comienzo del otoño, pensando: la estación coincide con mi edad. Y
esto, dicho cuando los árboles se cubren de sensacionales tonos
cobrizos, era, más que el reconocimiento de mi carga de años, un
autoelogio. Y me confortaba.
Bueno,
la tesis obtenida era felizmente una frustración menos. Yo, flamante
doctor, y esa tarde el parque Montsouris ofrecía en la calma del
aire y en la convivencia de sus distintos habitantes, una renovada
lección de paz. La gente daba de comer migas de pan a pajaritos,
patos, palomas y peces, y había para todos, no se peleaban entre sí
por el alimento… volví mis ojos a la mesa del café donde estaba
sentado, bebí un sorbo, abrí el diario que acababa de comprar, esta
vez había preferido Libé en lugar de Le monde, sí, el nuevo
periódico.
El
alma puede descansar sin que por eso abandone el cuerpo –me dije
sonriendo. Toda prisa quedaba atrás, se acercó la vendedora de
flores, compré por el mero placer de conversar unas palabras con
ella, satisfecho de mi buen francés, no faltará a quien regalar
esta flor. La paz y lo nuevo, por entonces se habían inaugurado la
pirámide de cristal del Louvre, el gran arco de La Défense, la
Opéra de la Bastille, ahora tengo tiempo para visitar todo eso.
La
paz, ninguna preocupación… fue precisamente cuando me dio el
ataque, me puse a gritar como un loco furioso, pateé la mesa,
intenté tomarme a golpes con el mesero, me sujetaron. Todo no pasó
de ahí, rápidamente mis amigos me fletaron en un vuelo a México.
¿Y
la revolución en qué quedó, no que en París tomaste las armas del
conocimiento?
Te
diré, cuando alcancé a rehacer mi espíritu, pregunté por la
revolución pero nadie supo darme razón.
Y
aquí estoy en la ciudad de Puebla, Puebla de Zaragoza, Puebla de los
Ángeles, esperando un día, asistir a mis funerales.
Atenta
invitación a mis funerales
Marcos
invita a usted y familia a la ceremonia de su cremación, que tendrá
lugar en fecha y cementerio que se darán a conocer oportunamente por
la prensa.
A
la entrada, se ofrecerán coctel de bienvenida y empanadas
argentinas, como asíla celebérrima tarta pascualina de Beba y Alba.
Se
ruega disculpar que su servidor no salga a recibir personalmente a
los invitados.
Amenizarán
los conjuntos El Gruperazo mexicano y El Cuartelazo, éste venido de
Argentina.
Una
parte del cementerio será habilitada como área de picnics, pudiendo
al efecto usarse las tumbas de mesas. Habrá rifas con premio de una
cremación gratis (vigencia 10 años), carreras de obstáculos,
juegos para niños, concursos de patinetas y, la última novedad, de
patinetas voladoras, ya en venta en Estados Unidos.
Se
ruega conservar esta invitación para ser presentada en el momento
menos pensado. No nos obligue a negarle la entrada po no llevarla
consigo.
No
habrá discursos.
No
manden flores.
Los
sanitarios serán de exclusivo uso de los invitados.
No
cover, cervezas bien muertas.
Valet
parking.
Lo
espe3ramos, no falte, será un acontecimiento inolvidable para todos,
salvo para su servidor, que no estará en condiciones de apreciarlo.
Firmado,
Marcos.
Vocabulario
mexicano
Cervezas
bien muertas: cervezas bien heladas.
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