jueves, 20 de octubre de 2016

Manucho

Hace unos días murió Marcos Winocur, Manucho para quienes tuvimos el privilegio y el gusto de tenerlo cerca.


Ese personaje de barba blanca, sonrisa permanente y agudísima inteligencia se volvió esencial para muchos que nos sumamos a su cauda siempre generosa aunque también siempre selectiva.


Marcos fue un académico de muy alto nivel, de hecho cursó su doctorado en historia en la Escuela Práctica de Altos Estudios de La Sorbona bajo la mirada rigurosa de grandes maestros, entre ellos Fernand Braudel, Pierre Vilar y Ruggiero Romano. Ahí coincidió con Gilberto Argüello, un buen amigo común que trabajó sobre todo la acumulación originaria que se dio en las haciendas de la Nueva España y del cual conversamos largamente, siempre lamentando su prematura muerte.


Varios temas fueron focos de su atención académica, como la Revolución Cubana, de la que escribió varios libros que se cuentan entre los fundamentales de la historiografía de esa época, el populismo en América Latina y el comunismo.


Pero también empeñó buena parte de su vida en la militancia de izquierda, razón por la cual llegó a México como exiliado y rápidamente encontró un lugar de trabajo en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.


También habría que decir que Marcos tenía un gran angular en su cabeza y lo mismo sabía de grupos de rock que de las sinfonías de Beethoven, las que le encantaban; le interesaban lo mismo los movimientos actuales de los jóvenes que la Segunda Guerra Mundial, de la que tenía conocimientos eruditos; discutía de cine y literatura como de economía y política, en fin, le gustaban los niños y era en verdad un caballero con las mujeres.


En los últimos tiempos una larga enfermedad fue bajando el dimer de su intensidad, pero nunca apagó su sonrisa, la cual compartía invariablemente con Nuria, su amore y bruja tutelar, así como con una cauda de ayudantes con alas, como su adorada Estelita, además de Eva, Diana, Juanita y algunos etcéteras más.
Quizá el rasgo característico de Marcos fue siempre su sentido del humor, a veces raro, hermético, ácido, muchas veces irónico y otras tan sencillo como una carcajada lanzada a todo pulmón, esa capacidad, para ser de verdad, debe comenzar por uno mismo.


Por eso agrego a mi texto agridulce con el que le doy un hasta luego a Manucho para seguramente continuar más tarde nuestras discusiones ahora interrumpidas, dos muestras de su capacidad de reírse incluso de su propia muerte, publicadas originalmente en La Jornada de Oriente bajo el título genérico de “Marcos a la medida”:


Dejé París por Puebla


Sí, dejé París por Puebla. ¿Y cómo fue? Les cuento. Había terminado mis estudios y todavía me encontraba residiendo en la Ciudad Universitaria –la Cité–, al frente de uno de los parques más hermosos de París, el Montsouris. Allí estaba una soleada tarde al comienzo del otoño, pensando: la estación coincide con mi edad. Y esto, dicho cuando los árboles se cubren de sensacionales tonos cobrizos, era, más que el reconocimiento de mi carga de años, un autoelogio. Y me confortaba.
Bueno, la tesis obtenida era felizmente una frustración menos. Yo, flamante doctor, y esa tarde el parque Montsouris ofrecía en la calma del aire y en la convivencia de sus distintos habitantes, una renovada lección de paz. La gente daba de comer migas de pan a pajaritos, patos, palomas y peces, y había para todos, no se peleaban entre sí por el alimento… volví mis ojos a la mesa del café donde estaba sentado, bebí un sorbo, abrí el diario que acababa de comprar, esta vez había preferido Libé en lugar de Le monde, sí, el nuevo periódico.
El alma puede descansar sin que por eso abandone el cuerpo –me dije sonriendo. Toda prisa quedaba atrás, se acercó la vendedora de flores, compré por el mero placer de conversar unas palabras con ella, satisfecho de mi buen francés, no faltará a quien regalar esta flor. La paz y lo nuevo, por entonces se habían inaugurado la pirámide de cristal del Louvre, el gran arco de La Défense, la Opéra de la Bastille, ahora tengo tiempo para visitar todo eso.
La paz, ninguna preocupación… fue precisamente cuando me dio el ataque, me puse a gritar como un loco furioso, pateé la mesa, intenté tomarme a golpes con el mesero, me sujetaron. Todo no pasó de ahí, rápidamente mis amigos me fletaron en un vuelo a México.
¿Y la revolución en qué quedó, no que en París tomaste las armas del conocimiento?
Te diré, cuando alcancé a rehacer mi espíritu, pregunté por la revolución pero nadie supo darme razón.
Y aquí estoy en la ciudad de Puebla, Puebla de Zaragoza, Puebla de los Ángeles, esperando un día, asistir a mis funerales.

Atenta invitación a mis funerales

Marcos invita a usted y familia a la ceremonia de su cremación, que tendrá lugar en fecha y cementerio que se darán a conocer oportunamente por la prensa.

A la entrada, se ofrecerán coctel de bienvenida y empanadas argentinas, como asíla celebérrima tarta pascualina de Beba y Alba.

Se ruega disculpar que su servidor no salga a recibir personalmente a los invitados.

Amenizarán los conjuntos El Gruperazo mexicano y El Cuartelazo, éste venido de Argentina.

Una parte del cementerio será habilitada como área de picnics, pudiendo al efecto usarse las tumbas de mesas. Habrá rifas con premio de una cremación gratis (vigencia 10 años), carreras de obstáculos, juegos para niños, concursos de patinetas y, la última novedad, de patinetas voladoras, ya en venta en Estados Unidos.

Se ruega conservar esta invitación para ser presentada en el momento menos pensado. No nos obligue a negarle la entrada po no llevarla consigo.

No habrá discursos.

No manden flores.

Los sanitarios serán de exclusivo uso de los invitados.

No cover, cervezas bien muertas.

Valet parking.

Lo espe3ramos, no falte, será un acontecimiento inolvidable para todos, salvo para su servidor, que no estará en condiciones de apreciarlo.

Firmado, Marcos.

Vocabulario mexicano


Cervezas bien muertas: cervezas bien heladas.