Bailar,
dice Hena Carolina Velázquez, es el gusto más grande de la vida, la
puerta de entrada al Paraíso.
Esta
mujer es responsable de la idea, el guión y la narración oral de
Salones
de baile: ritmo y sabor,
en la que entrelaza, en urdimbre entrañable, su historia familiar
con la nostalgia por las pistas donde se danzaba en la ciudad de
México, todo
bajo
la dirección escénica de Natalia Goded y Moisés Mendelewicz.
Con
pasmosa economía de recursos escenográficos y convincente
actuación, la obra sintetiza la rica sociología cultural urbana en
la que se insertaban los sitios para bailar en el Distrito Federal.
Hena
Carolina se reivindica como narradora oral –cuenteros, les dicen
muchos–, pero en realidad esta pieza se aproxima más a una obra de
teatro donde ella y su compañero en el escenario, Pedro González
Muciño, crean un eficaz vehículo que nos traslada desde una íntima
atmósfera familiar a los lugares donde los capitalinos raspaban
suela.
La
protagonista nos cuenta, sin aspavientos, la relación entre sus
padres, un trabajador ferrocarrilero y un ama de casa. A partir de
dos o tres trazos llenos de humor, con toda naturalidad, los pinta
de cuerpo entero: el papá vivía
de noche debido a su trabajo, era
amiguero, ingenioso y tomador; ella representaba
el estereotipo de la tradicional madre preocupona, enfadada por el
agobio cotidiano de los quehaceres de una casa y con un mal carácter
que metía
a todos en cintura.
Narra,
por ejemplo, que el padre llegó algún día con dos inmensos libros,
uno con páginas amarillas, para los números de los comercios, y el
otro blanco, para los domicilios particulares, lo que puso los pelos
de punta a su mamá, por la evidente inutilidad de estos volúmenes
en un hogar que carecía de línea telefónica.
En
otra ocasión cargó una caja con discos de 78, 45 y 33 revoluciones
de la Sonora Matancera, de Acerina, Benny Moré El
bárbaro del ritmo,
Dámaso Pérez Prado y la Sonora Santanera, con Carlos Colorado al
frente,
que depositó en el suelo de su vivienda, eso hizo que su mamá “se
pusiera de un humor...”, porque en esa casa tampoco había
tocadiscos, hasta que más
adelante
lograron hacerse de uno de medio uso y ahí, a partir de esos
acetatos,
da inicio la trama que nos aproxima
al baile y sus salones capitalinos.
Cuando en 1937 el
Colonia vivía su auge, la capital tenía millón y medio de
habitantes, pero contaba con ¡18 salones de baile! Algo nos dice
esto acerca de las formas de convivencia que había entonces en la
ciudad y de la seguridad con que deambulaban los noctívagos
Hena
Carolina y Pedro danzan la mar de bien y lo hacen a partir del
tabique imaginario donde despliegan los pasos de rigor, es
decir,
pie izquierdo hacia el frente, el derecho en diagonal hacia el mismo
lado, correr el pie izquierdo hasta emparejar con el derecho, y se
repite, sólo que en reversa.
Salones
de baile: ritmo y sabor es
un viaje a un pasado no tan remoto, donde la vida fluía de otra
manera y los chilangos podíamos disfrutar con relativa seguridad de
noches plenas de ritmo, sensualidad y compañía... una ciudad muy
distinta de la actual Mancerópolis.
Hasta
piezas propias inspiraban
esos
sitios,
como el
danzón Colonia,
en
honor al salón que inspiró
a
Alejandro
Cardona a
componer:
“Me voy al Colonia, me voy a bailar, me voy al Colonia, me voy a
gozar...”
En
fin, ciertamente
fue muy
grato
refrescar la memoria, revivir anécdotas y recordar a compañeros que
ya no están, todo
esto a
partir de la
narración eficaz y bien montada de
Hena Carolina Velázquez.
P.D.
En 2010 el Inegi reportó que
había
cerca de 9 millones de habitantes en esta ciudad, hoy día, ¿cuántos
salones de baile quedan? Entre
gobernantes y asaltantes nos han acotado la calidad de vida.