Sería
bueno que atendiéramos con mayor asiduidad las labores que
desarrolla el Centro Vlady de la Universidad Autónoma de la Ciudad
de México, instancia cultural que, como la universidad misma, estuvo
en peligro de fenecer tras los sospechosos afanes destructores de la
malhadada ex rectora Esther Orozco.
De a poco,
con recursos modestos, el centro prevalece y mantiene su labor con la
impartición de talleres y seminarios, así como la organización de
conferencias, presentaciones de libros y exposiciones.
Precisamente
una de estas últimas, Retazos de paisaje, es la que motiva
este texto.
Un patio
de distribución, como los que había en las antiguas casas de esta
capital y que aún es dable observar en ciudades de varios estados de
la República, alberga esta alentadora muestra del trabajo de la
joven artista Lucía Anaya, quien se ha dedicado principalmente al
dibujo, al grabado en madera y metal y a la escultura.
Retazos
de paisaje forma parte de un proceso de experimentación gráfica
que Lucía Anaya desarrolló en una estancia en la Universidad
Tecnológica de Pereira, en Colombia, y su complemento realizado en
la Ciudad de México, de donde es originaria.
La muestra
conjuga dos ámbitos contrapuestos y sin embargo claramente
significados en el contorno del patio.
En una
parte de la muestra está integrado el paisaje urbano de esta ciudad
en retazos de tela de unos 20 centímetros de ancho por tres metros
de largo, donde la autora realizó unas linografías fijadas en tubos
de policloruro de vinilo (pvc), estas tiras grabadas están
dispuestas de tal manera que tienen dos vistas, una desde el corredor
y la otra desde el patio.
Los temas
de esta porción, todos en blanco y negro, son lo mismo un convoy del
Metro, la representación grafitis sobre muros urbanos, de una malla
ciclónica, de una banqueta incluso con el registro de alguna
alcantarilla y dos representaciones de multitudes.
El otro
segmento está integrado por los paisajes campiranos del entorno
propio de la universidad de Pereira donde Lucía Anaya hizo su
residencia, ahí los retazos están fijados en guaduas, carrizos
originarios de Colombia que son también conocidos como bambú
americano.
La
disposición bifrontal de esta parte es similar a la que se ocupa del
entorno urbano, sólo que aquí la representación de guaduas es el
elemento central, incluso está la imagen de un guaduaducto, que no
es más que un puente fabricado con estos carrizos.
En este
segmento los grabados son en color, en tonalidades tenues pero
vibrantes, quizá para dar la sensación brumosa de un bosque
tropical.
Dos
esculturas sonoras completan la exposición, una de ellas montada
sobre una estructura ex profeso que da la idea de un tendedero de
guaduas, pero cuyos soportes están articulados por resortes, de
manera que al empujar los tubos de metal se puede hacer chocar los
carrizos y éstos producen una sonoridad discordante.
La otra
pieza escultórica es un largo carrizo del que penden de un hilo una
serie de guaduas, que al moverlas horizontalmente provocan un sonido
armónico. Ambas esculturas están dispuestas en extremos encontrados
del patio.
Uno
imagina si no hubiera sido quizá más integrador colocar tubos de
pvc en el tendedero, que es una estructura de metal, para que así
las esculturas también hicieran referencia a los dos ámbitos
paisajísticos que aborda la exposición.
Aunque
esto es, en fin, una elucubración propia sustentada a partir de la
reflexión que suscita el interesante y creativo análisis de
entornos que Lucía Anaya ha integrado a su muy feliz propuesta
artística, notable en una joven que apenas está por concluir sus
estudios en la Facultad de Artes y Diseño de la Universidad Nacional
Autónoma de México.
Esta
exposición es, desde mi perspectica, una visión ambiciosa que a
partir de elementos simples abarca lo complejo y le da sentido a un
audaz planteamiento gráfico.
Habrá que
seguir atentos al devenir de Lucía Anaya, una artista que ya desde
sus inicios plantea una madurez plástica e imaginativa poco común.
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