jueves, 19 de mayo de 2016

El oficio de la mirada

Algunos amables lectores de este blog me comentaron que la entrega anterior, donde publiqué el texto que leí en la presentación del libro de fotografías de Adrián Bodek, Los pájaros están en su lugar, no se entendía bien sin una explicación más amplia de ese volumen.

Agradeciéndoles cumplidamente su atención a mi trabajo y ofreciéndoles una disculpa por las carencias del texto anterior y la probable confusión que éste les haya provocado, en esta entrega inserto el prólogo que escribí para este libro, que acompaña a otro magnífico de la escritora Mónica Lavín, en espera de ahora sí hacer honor a este espléndido libro.







La mirada es víctima de la fugacidad del instante. Sólo algunos, los buenos fotógrafos entre ellos, advierten en fracciones de segundo la esencia de lo irrepetible, de eso se trata cuando hablamos de captar, de capturar, de fijar una imagen.

En este libro de Adrián Bodek, donde los pájaros vuelan libres, el azar los lleva sin embargo a encontrar su lugar, salen al aire pero venturosamente se posan en el sitio preciso, en el instante correcto en que una sombra, un rayo de luz, una densidad de texturas, un movimiento inesperado o un intruso otorgan el encuadre preciso que requiere esa imagen.

El discurso especular no repite la imagen que la antecede, como Alicia que pasa a otro mundo a través del espejo para volver los ojos y asombrarse de que lo que vio no era lo visto, sino el otro espacio que lo completa.

En este libro hablan, gritan o susurran las paredes y los objetos, nos dicen lo que siempre han enunciado pero que no somos capaces de entender, hasta que un traductor, cámara en mano, nos revela el verdadero sentido de su lenguaje oculto y al mismo tiempo inmanente, ese que sólo quien sabe mirar descifra.

Por eso el arduo oficio de la mirada, además de un riguroso quehacer disciplinado y constante, es un don que no se da a cualquiera. Antonio Muñoz Molina, autor de las espléndidas novelas Beltenebros y La noche de los tiempos, afirma, con sobrada razón, que “tal vez el principio del arte está en el simple acto de mirar, como en la fotografía”. De esa percepción de la fugacidad se nutrió la pintura renacentista, que a pesar de las horas de labor que tomaba un cuadro, en el centro, invariablemente, estaba presente un instante único, el momento irrepetible en que un haz ilumina un rostro o se interpone en una figura o deconstruye un objeto, a esa tradición se inscribe el oficio artesano de Adrián Bodek.

No sólo es venturoso el instante, como en la buena literatura, donde a veces se escribe más con la goma que con el grafito, el trabajo de composición es arte de relojería: un milímetro más o menos en el encuadre cambia la percepción o la profundidad del horizonte para el espectador, que es quien finalmente ve lo que el otro que dispara el obturador le propone para cambiar su perspectiva.

Se equivoca quien piensa que este oficio de la mirada es sólo cuestión de técnica, toda la innovación electrónica, la maravilla digital, no es capaz de producir la magia que opera un buen fotógrafo, ahí palidece la tecnología ante el ojo de un artista que trasluce su vida en las imágenes. Ansel Adams, fotógrafo estadunidense célebre por sus placas en blanco y negro del parque nacional de Yosemite e impulsor asimismo de las innovaciones tecnológicas, afirmaba que “una foto no sólo se hace con la cámara: incluye todos los libros que has leído, tu música favorita, la gente que has amado”.

También, Adrián nos propone en sus imágenes la luz y la sombra que delinean en su interacción ese canto que no es negro y blanco, sino una gama infinita de grises, de tramas y claroscuros, de cielos amalgamados donde las nubes cabalgan en su trazo acuarelado.





Hay una fascinación del fotógrafo por los muros y las fachadas, ante nuestros ojos cobran vida, adquieren movimiento y danzan, donde no importa el lugar sino lo que dice cada espacio a través de sus paredes y sus grafitis, de sus carteles y escarapelados, además de las sombras que proyectan sobre la vida que alojan.

En las fotografías de Adrián los reflejos descomponen la imagen en esa otra dimensión de la realidad que se desestructura, que nos cuenta una historia inacabada y nos propone, nos reta, nos provoca a completarla.

No puede uno menos que rendirse ante la metáfora que nos propone una escalera deconstruida por la sombra y el encuadre, donde lo que vemos no es lo mismo que su sombra, porque ahí reside la poética de la luz.





Y cuando estamos absortos ante la mirada avasalladora de la belleza, hete ahí que Adrián nos cambia la jugada y con un giro de humor nos regresa al absurdo cotidiano, al lúdico placer de existir y observar la complejidad a la que nos emplaza la sonrisa.

Quisiera enfatizar que Adrián Bodek es un magnífico retratista, cuya más reciente muestra es el mosaico memorable de los ahora ancianos combatientes de las Brigadas Internacionales de la Guerra Civil de España, donde no hay desperdicio en la narración, en los detalles de esas imágenes que hablan de la vida de cada uno de esos personajes. Sin embargo, en este libro prácticamente prescinde de la figura humana, que aquí es una irrupción, un viandante ante un muro, una sombra, una hormiga que da movimiento al horizonte lejano, una suerte de araña que nos hace ver que el entramado geométrico no es un juego menor sino una enorme claraboya que un hombre limpia afanosamente o alguien que sólo sirve para fijar perspectiva y dimensiones.

Me apropio de una frase del escritor gallego Manuel Rivas para afirmar que “uno sabe que hay libros que le han cambiado la forma de mirar, y eso es también cambiar la realidad. Aunque sea por un instante”, esto es lo que ha operado en mí Los pájaros están en su lugar: una realidad habitada por presencias entrañables

De manera que ahora, cuando concluyo, quisiera agregar sólo que el de Adrián Bodek es, también, el oficio poético de la mirada.


jueves, 5 de mayo de 2016

Adrián Bodek y los pájaros


El siguiente texto fue leído por el autor de este blog en la presentación de Los pájaros están en su lugar, libro de fotografías de Adrián Bodek.

Valdría la pena preguntar dónde están los pájaros cuando uno llega al final del libro de Adrián Bodek y cree entender el sentido de lo que ha visto.

En esas últimas páginas hay una foto conclusiva que muestra una serie de jaulas vacías bajo un carrizo con una frase que nos advierte: “Los pájaros están en su lugar”.

Pero cuál es ese lugar en que se encuentran. Ahí es donde la metáfora se abre paso en versos visuales, desbroza la realidad abigarrada y nos deslumbra con destellos que parecen imposibles.

En efecto, los pájaros han encontrado su lugar, el espacio al que pertenecen, el ámbito que le da sentido a sus alas, a su venturosa calidad voladora. Es decir, los pájaros están en el aire, baten sus alas o las mantienen fijas para planear, para aprovechar las corrientes, para desafiar la gravedad, para gozar a plenitud del vuelo, ese deseo de Leonardo vuelto planos de mecanismos intrincados, ese anhelo que nos viene de Ícaro y hoy nos lleva al espacio sideral.

Sí, los pájaros ya no son más parte de esa aberración humana del presidio, dejaron atrás el encierro fijado a la pared, abandonaron las jaulas.

Los pájaros ya están en libertad y desde ella habría que imaginar dónde posan su mirada, en que preciso lugar aterrizan, sobre qué objetos, árboles, piedras, bardas, alféizares o fachadas detienen sus patas.

¡Claro!, ahí está la respuesta, tras la mirada en libertad, tras el vuelo de la imaginación, tras el batir constante de las alas del oficio, tras el osado desafío a la gravedad de la ortodoxia.

Creo avizorar a Adrián burlándose de sí mismo para eludir, con su rijosa manera de ser, el filo exquisito de la profundidad de su mirada, la ojiva de su sensibilidad impactando en una metáfora precisa, para entregarnos, si queremos verlo y entenderlo, el mensaje de una otra realidad que huye de lo cotidiano sin soslayarlo.

Son imágenes que desmienten la simplicidad del discurso único, que subvierten la uniformidad del gris precisamente a partir de una inconmensurable gama de grises que nos dicen, como Kundera, que la vida está en otra parte, que Rimbaud tiene razón y las jaulas no sirven para entender el mundo.

La mirada de Adrián Bodek es un bello desmentido a la simplificación, o para decirlo en contrapunto: un hermoso discurso sobre la complejidad, la diversidad y la ruptura de límites.

De manera que afortunadamente los pájaros están en libertad y en su vuelo se alimentan de imágenes que nos proponen una manera distinta de ver la realidad, una sensibilidad diferente para interpretar el mundo, una percepción diversa para enfocar nuestra mirada.


Y sí, esas cualidades son precisamente las de la poesía, que en el trabajo de Adrián Bodek construyen su nido con ramitas de luz que entrevaran el ámbito, el hábitat de un oficio luminoso.