Algunos
amables lectores de este blog me comentaron que la entrega anterior,
donde publiqué el texto que leí en la presentación del libro de
fotografías de Adrián Bodek, Los pájaros están en su lugar,
no se entendía bien sin una explicación más amplia de ese volumen.
Agradeciéndoles
cumplidamente su atención a mi trabajo y ofreciéndoles una disculpa
por las carencias del texto anterior y la probable confusión que
éste les haya provocado, en esta entrega inserto el prólogo que
escribí para este libro, que acompaña a otro magnífico de la
escritora Mónica Lavín, en espera de ahora sí hacer honor a este
espléndido libro.
La
mirada es víctima de la fugacidad del instante. Sólo algunos, los
buenos fotógrafos entre ellos, advierten en fracciones de segundo la
esencia de lo irrepetible, de eso se trata cuando hablamos de captar,
de capturar, de fijar una imagen.
En
este libro de Adrián Bodek, donde los pájaros vuelan libres, el
azar los lleva sin embargo a encontrar su lugar, salen al aire pero
venturosamente se posan en el sitio preciso, en el instante correcto
en que una sombra, un rayo de luz, una densidad de texturas, un
movimiento inesperado o un intruso otorgan el encuadre preciso que
requiere esa imagen.
El
discurso especular no repite la imagen que la antecede, como Alicia
que pasa a otro mundo a través del espejo para volver los ojos y
asombrarse de que lo que vio no era lo visto, sino el otro espacio
que lo completa.
En
este libro hablan, gritan o susurran las paredes y los objetos, nos
dicen lo que siempre han enunciado pero que no somos capaces de
entender, hasta que un traductor, cámara en mano, nos revela el
verdadero sentido de su lenguaje oculto y al mismo tiempo inmanente,
ese que sólo quien sabe mirar descifra.
Por
eso el arduo oficio de la mirada, además de un riguroso quehacer
disciplinado y constante, es un don que no se da a cualquiera.
Antonio Muñoz Molina, autor de las espléndidas novelas Beltenebros
y La noche de los
tiempos, afirma,
con sobrada razón, que “tal vez el principio del arte está en el
simple acto de mirar, como en la fotografía”. De esa percepción
de la fugacidad se nutrió la pintura renacentista, que a pesar de
las horas de labor que tomaba un cuadro, en el centro,
invariablemente, estaba presente un instante único, el momento
irrepetible en que un haz ilumina un rostro o se interpone en una
figura o deconstruye un objeto, a esa tradición se inscribe el
oficio artesano de Adrián Bodek.
No
sólo es venturoso el instante, como en la buena literatura, donde a
veces se escribe más con la goma que con el grafito, el trabajo de
composición es arte de relojería: un milímetro más o menos en el
encuadre cambia la percepción o la profundidad del horizonte para el
espectador, que es quien finalmente ve lo que el otro que dispara el
obturador le propone para cambiar su perspectiva.
Se
equivoca quien piensa que este oficio de la mirada es sólo cuestión
de técnica, toda la innovación electrónica, la maravilla digital,
no es capaz de producir la magia que opera un buen fotógrafo, ahí
palidece la tecnología ante el ojo de un artista que trasluce su
vida en las imágenes. Ansel Adams, fotógrafo estadunidense célebre
por sus placas en blanco y negro del parque nacional de Yosemite e
impulsor asimismo de las innovaciones tecnológicas, afirmaba que
“una foto no sólo se hace con la cámara: incluye todos los libros
que has leído, tu música favorita, la gente que has amado”.
También,
Adrián nos propone en sus imágenes la luz y la sombra que delinean
en su interacción ese canto que no es negro y blanco, sino una gama
infinita de grises, de tramas y claroscuros, de cielos amalgamados
donde las nubes cabalgan en su trazo acuarelado.
Hay
una fascinación del fotógrafo por los muros y las fachadas, ante
nuestros ojos cobran vida, adquieren movimiento y danzan, donde no
importa el lugar sino lo que dice cada espacio a través de sus
paredes y sus grafitis, de sus carteles y escarapelados, además de
las sombras que proyectan sobre la vida que alojan.
En
las fotografías de Adrián los reflejos descomponen la imagen en esa
otra dimensión de la realidad que se desestructura, que nos cuenta
una historia inacabada y nos propone, nos reta, nos provoca a
completarla.
No
puede uno menos que rendirse ante la metáfora que nos propone una
escalera deconstruida por la sombra y el encuadre, donde lo que vemos
no es lo mismo que su sombra, porque ahí reside la poética de la
luz.
Y
cuando estamos absortos ante la mirada avasalladora de la belleza,
hete ahí que Adrián nos cambia la jugada y con un giro de humor nos
regresa al absurdo cotidiano, al lúdico placer de existir y observar
la complejidad a la que nos emplaza la sonrisa.
Quisiera
enfatizar que Adrián Bodek es un magnífico retratista, cuya más
reciente muestra es el mosaico memorable de los ahora ancianos
combatientes de las Brigadas Internacionales de la Guerra Civil de
España, donde no hay desperdicio en la narración, en los detalles
de esas imágenes que hablan de la vida de cada uno de esos
personajes. Sin embargo, en este libro prácticamente prescinde de la
figura humana, que aquí es una irrupción, un viandante ante un
muro, una sombra, una hormiga que da movimiento al horizonte lejano,
una suerte de araña que nos hace ver que el entramado geométrico no
es un juego menor sino una enorme claraboya que un hombre limpia
afanosamente o alguien que sólo sirve para fijar perspectiva y
dimensiones.
Me
apropio de una frase del escritor gallego Manuel Rivas para afirmar
que “uno sabe que hay libros que le han cambiado la forma de mirar,
y eso es también cambiar la realidad. Aunque sea por un instante”,
esto es lo que ha operado en mí Los
pájaros están en su lugar:
una realidad habitada por presencias entrañables
De
manera que ahora, cuando concluyo, quisiera agregar sólo que el de
Adrián Bodek es, también, el oficio poético de la mirada.


