sábado, 3 de diciembre de 2016

Anomalías de una muerte

Susi bajó el brazo hasta que su mano alcanzó la mezcla de una cubeta, concentrada, la extendió sobre los tabiques que cerraban el nicho, lo hizo con dulzura, como si el dolor se hubiera hecho a un lado y en sus movimientos se reconcentrara el amor.

Una acción hermosa y conmovedora, salvo por la cruel anomalía de que una madre ocluya el último conducto que albergará a su hijo. Aunque infortunadamente en México lo anómalo ha empezado a hacerse costumbre, en el caso de que las madres tengan un cuerpo que enterrar.

Otra anomalía fue asistir a un velorio en el que acaso estábamos cinco o seis personas con canas, la inmensa mayoría eran jóvenes que cuando mucho rebasaban la treintena, importa destacar que entre ellos llorar ya no es un estigma para los hombres. Sí, fue una ceremonia plena de lágrimas, pero también de abrazos, de intensa solidaridad, de lazos entrañables.

Despedíamos a Renato López, talentoso actor, músico, compositor, arreglista, presentador y productor musical de 33 años asesinado a mansalva en el estado de México junto a Omar Girón, uno de sus representantes artísticos, cuando se dirigían a una cita de trabajo.

Fue un horror, una tragedia que se ceba cada vez más en una generación que se resiste a la desesperanza y alza la voz de formas distintas y creativas, muy lejos de los esquemas tradicionales que se distancian de los jóvenes de manera acelerada, sin entender que los cascarones son frágiles y la arena del tiempo se les escurre entre los dedos.

En el reflejo de un cristal del velatorio creí adivinar el gesto dramático del hombre que se toma con desesperación los costados de la cara, los ojos desorbitados y la boca abierta para lanzar un grito abrumado de silencio, la imagen del cuadro de Edvard Munch que es la representación del dolor, de la sorpresa que asalta la existencia, del gemido atrapado en la garganta porque no hay sonido capaz de deshilar la devastación.

Por sobre el rumor sordo de esta incompresible tragedia, los acordes de una guitarra cortaron el coro de llantos, y la música, la bendita música, llegó para dar un giro, ciertamente anómalo, al pesado ambiente generado por el dolor. Y se sucedieron las voces, espléndidas, luminosas, de chicas y muchachos hermanados en un homenaje a la vida, al recuerdo de uno de los suyos que, con generosidad, brindó alegría y amor a manos llenas.

Anómalo también, es que que un hermoso ser humano como Alex pierda a su compañero a los 28 años, con un anillo de compromiso en el dedo que anunciaba su ya próxima boda y el deseo de formar una familia propia. Sé que por desgracia ella no es la única en este país, que también en este renglón lo anormal se vuelve regular y que cada vez habemos más mexicanos que cargamos en nuestro haber próximo alguna víctima del crimen... de la esperanza en la justicia, mejor ni hablamos.

Palabras más o menos, Susi contó que había llegado destrozada a la funeraria, abrumada por el peso de un dolor inenarrable, pero el espíritu que esos muchachos imprimieron a esas horas la había blindado, la había confortado con la abrumadora empatía de una familia extendida que despedía a un hermano. ¡No quiero que desaparezcan de mi vida!, dijo, y un aplauso de la infinidad que estallaron esos dos días resonó como caricia en la espalda de esa madre que en ese momento era la de todos.


Sólo alguien que como Renato sembró bonhomía a raudales, amor sin límites, fraternidad y sonrisas puede recoger una cosecha de esta calidez, de esta magnitud, porque su breve vida, sin embargo, tuvo la amplitud de una bondad que deja huella.