jueves, 17 de diciembre de 2015

Bailar y saber contarlo

Bailar, dice Hena Carolina Velázquez, es el gusto más grande de la vida, la puerta de entrada al Paraíso.

Esta mujer es responsable de la idea, el guión y la narración oral de Salones de baile: ritmo y sabor, en la que entrelaza, en urdimbre entrañable, su historia familiar con la nostalgia por las pistas donde se danzaba en la ciudad de México, todo bajo la dirección escénica de Natalia Goded y Moisés Mendelewicz.

Con pasmosa economía de recursos escenográficos y convincente actuación, la obra sintetiza la rica sociología cultural urbana en la que se insertaban los sitios para bailar en el Distrito Federal.

Hena Carolina se reivindica como narradora oral –cuenteros, les dicen muchos–, pero en realidad esta pieza se aproxima más a una obra de teatro donde ella y su compañero en el escenario, Pedro González Muciño, crean un eficaz vehículo que nos traslada desde una íntima atmósfera familiar a los lugares donde los capitalinos raspaban suela.

La protagonista nos cuenta, sin aspavientos, la relación entre sus padres, un trabajador ferrocarrilero y un ama de casa. A partir de dos o tres trazos llenos de humor, con toda naturalidad, los pinta de cuerpo entero: el papá vivía de noche debido a su trabajo, era amiguero, ingenioso y tomador; ella representaba el estereotipo de la tradicional madre preocupona, enfadada por el agobio cotidiano de los quehaceres de una casa y con un mal carácter que metía a todos en cintura.

Narra, por ejemplo, que el padre llegó algún día con dos inmensos libros, uno con páginas amarillas, para los números de los comercios, y el otro blanco, para los domicilios particulares, lo que puso los pelos de punta a su mamá, por la evidente inutilidad de estos volúmenes en un hogar que carecía de línea telefónica.

En otra ocasión cargó una caja con discos de 78, 45 y 33 revoluciones de la Sonora Matancera, de Acerina, Benny Moré El bárbaro del ritmo, Dámaso Pérez Prado y la Sonora Santanera, con Carlos Colorado al frente, que depositó en el suelo de su vivienda, eso hizo que su mamá “se pusiera de un humor...”, porque en esa casa tampoco había tocadiscos, hasta que más adelante lograron hacerse de uno de medio uso y ahí, a partir de esos acetatos, da inicio la trama que nos aproxima al baile y sus salones capitalinos.

Cuando en 1937 el Colonia vivía su auge, la capital tenía millón y medio de habitantes, pero contaba con ¡18 salones de baile! Algo nos dice esto acerca de las formas de convivencia que había entonces en la ciudad y de la seguridad con que deambulaban los noctívagos

Hena Carolina y Pedro danzan la mar de bien y lo hacen a partir del tabique imaginario donde despliegan los pasos de rigor, es decir, pie izquierdo hacia el frente, el derecho en diagonal hacia el mismo lado, correr el pie izquierdo hasta emparejar con el derecho, y se repite, sólo que en reversa.

Salones de baile: ritmo y sabor es un viaje a un pasado no tan remoto, donde la vida fluía de otra manera y los chilangos podíamos disfrutar con relativa seguridad de noches plenas de ritmo, sensualidad y compañía... una ciudad muy distinta de la actual Mancerópolis.

Hasta piezas propias inspiraban esos sitios, como el danzón Colonia, en honor al salón que inspiró a Alejandro Cardona a componer: “Me voy al Colonia, me voy a bailar, me voy al Colonia, me voy a gozar...”

En fin, ciertamente fue muy grato refrescar la memoria, revivir anécdotas y recordar a compañeros que ya no están, todo esto a partir de la narración eficaz y bien montada de Hena Carolina Velázquez.


P.D. En 2010 el Inegi reportó que había cerca de 9 millones de habitantes en esta ciudad, hoy día, ¿cuántos salones de baile quedan? Entre gobernantes y asaltantes nos han acotado la calidad de vida.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Falló Fayad

Todo apunta a que se frustró el nuevo intento por coartar y criminalizar la crítica a través de las redes sociales, esta vez a cargo de Omar Fayad, presidente de la Comisión de Seguridad Pública del Senado.

Fue otra intentona, porque habría que recordar la llamada Ley Antituitera, que prohijó el gobernador de Veracruz, Javier Duarte, tan tolerante con las críticas de opositores y periodistas, y el episodio de #EPNvsInternet, que también con aviesas intenciones coercitivas formó parte de la Ley de Telecomunicaciones, esas iniciativas fueron enterradas por el alud de críticas que suscitaron las propuestas para restringir la libertad en las redes sociales.

Existe un consenso abrumador acerca de la necesidad de regular las redes en abominables casos específicos, como la pornografía infantil, la trata de personas, el ciberterrorismo, el robo de identidad y el fraude electrónico, entre otros delitos informáticos. Pero de ahí a restringir libertades hay años luz de distancia.

Es una apetitosa tentación del poder controlar las manifestaciones del descontento que proliferan en Internet, que en el caso mexicano se vuelcan día con día en esa telaraña creciente de interconexión de redes que ha dado salida a una irritación inocultable.

Ante la magnitud del rechazo, el senador Fayad dio marcha atrás y dijo, en un exceso retórico, que incluso quemaría su propuesta, porque lejos de él, aseveró, intentar suprimir la crítica a funcionarios y políticos, agregó que su iniciativa fue tergiversada, aunque reconoció que su redacción ciertamente había sido confusa.

Es un extraño caso de impericia jurídica para alguien que ha sido diputado federal en dos ocasiones; en Hidalgo presidente municipal de Pachuca y secretario de Educación Pública. Además, fue presidente nada menos que del Centro de Estudios de Derecho en Investigaciones Parlamentarias. De manera que como jurisconsulto, falló Fayad.

Aunque, por otra parte, no extraña el afán represivo en quien ha sido procurador general de Justicia de Hidalgo, coordinador de asesores del subsecretario de Seguridad Pública en la Secretaría de Gobernación, primer comisionado de la Policía Federal Preventiva y ahora presidente de la Comisión de Seguridad Pública del Senado. Así que, afortunadamente, en el filo persecutorio de su iniciativa, volvió a fallar Fayad.

Sólo a partir de un divorcio enorme de la realidad se puede pensar que en la madeja de un batiburrillo se puede ocultar la punta de la hebra, sobre todo cuando la evidencia apunta a que los cibernautas mexicanos son ciertamente avezados y han aprendido a desconfiar de cualquier propuesta que provenga del poder, eso también explica el fracaso de los dos intentos anteriores.

Quizá el senador pensó que la tercera sería la vencida y que si alcanzaba su objetivo de ocultar las intenciones subyacentes en la propuesta de Ley Federal para Prevenir y Sancionar los Delitos en Materia Informática ganaría puntos en su promisoria carrera política. Esta vez su insensibilidad le metió un gol y al despreciar la inteligencia de la sociedad cometió un enorme error de cálculo, o sea que también en materia de estrategia política, nuevamente falló Fayad.

Sin embargo, el problema no es el senador priísta Omar Fayad sino el sistema que en su soberbia ha perdido instinto y reflejos. Como un remanente del alguacil de Nottingham, en su visión profundamente antipopular mantiene la pulsión de afectar a la gente de a pie, de esquilmarla, de acotarla, de tratar de anular su voluntad de resistencia. La burbuja en que habitan los de la cúpula los obnubila y les impide ver una realidad que bulle subterráneamente, intentan desaparecer la válvula de escape cuando lo verdaderamente importante sería quitar presión a la olla exprés: mitigar la abismal desigualdad y redistribuir el ingreso, restaurar el estado de derecho a partir de la impartición real de justicia, recuperar la soberanía nacional y combatir a fondo y con verdadera voluntad política la corrupción que pudre la vida del país, pero eso no es parte de su dogma neoliberal y no saben otra canción.

Dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver.

PD.- Al descubrirse el subtexto de su iniciativa y fracasar en la encomienda, me pregunto si en su intento por ser gobernador de Hidalgo, ¿volverá a fallar Fayad?


jueves, 29 de octubre de 2015

La doble vida de Miss Oginia


Quienes subieron a la red el video del programa A toda máquina, que transmite Televisa en Ciudad Juárez, debieron advertir a su potencial audiencia sobre la conveniencia de tomar dramamina antes de verlo, porque verdaderamente es una experiencia nauseabunda.

Imagino que por su virulencia ya la mayoría habrá visto las imágenes en donde un barbaján de nombre Enrique Tovar se propasa ante las cámaras con su compañera de emisión, Tania Reza. La vulgaridad rampante de esa escena desborda la imaginación, no hay equívoco posible, Tovar despliega todo un abanico de acoso sexual, misoginia, desprecio e impudor.

Ante el alevoso ataque, Reza demuestra su enojo ostensiblemente y pone distancia ante su “compañero”, quien crecido continúa su andanada acosadora hasta el momento en que Tania se despoja del micrófono y sale de la escena argumentando, con toda razón, que así no se puede trabajar. No satisfecho con su enardecida patanería, el machín “explica” a los televidentes que la reacción de la conductora se debe, no faltaba más, a que sus hormonas están alteradas.

Uno presupone que las emisiones televisivas cuentan con un productor, es decir, alguien con autoridad para poner freno, para mandar un corte y reconvenir al patán en escena, para orientar los programas hacia determinados lineamientos empresariales, donde uno imagina que existe un cartabón para acotar excesos y que cuenta con un mínimo control de calidad. Tal parece que en esa emisora no hay tal.

Para mayor prez y gloria de Televisa, ese programa se transmite nada menos que en Ciudad Juárez, urbe que ha ganado la infame posición puntera, a escala mundial, de ser tierra de feminicidio. A ese grado de insensibilidad social ha llegado la empresa, a semejante nivel de degradación y cinismo donde ya nada importa porque nada se sanciona, nomás faltaba.

Sólo que la virulencia que alcanzó ese atropello en las redes sociales despertó una indignación encendida, no únicamente en el país, lo que preocupó, ahora sí, a los ejecutivos de la televisora, a quienes no se les ocurrió mejor control de daños que amenazar a Reza, obligarla a que se retractara en otra emisión del mismo programa, supuestamente arguyendo que la salvajada transmitida era un acuerdo entre Tovar y ella para aumentar el rating del programa.

No duró mucho el remedio, porque la conductora publicó en su página de Facebook que la retractación había sido una farsa, entonces, ya presionados, los directivos de la televisora decidieron despedir a ambos personajes y suspender, cualquier cosa que eso sea, al productor, que oh sorpresa, nos enteramos que sí existe.

Y para que la telenovela tuviera final feliz, en una nueva vuelta de tuerca Televisa reinstaló a los dos conductores y separó momentáneamente al productor y al director de la emisora de Ciudad Juárez... todo bien, muy mono, aséptico, y con esta jugada cierra la emisión de esta teleserie que bien podría llamarse La doble vida de Miss Oginia, con la representación de la pareja que superó sus desavenencias, los villanos que resultaron castigados y todos felices, sólo que...

Si el asunto tuvo visos de realidad, es una atrocidad, y si fue una farsa montada para aumentar su audiencia, peor, porque cualquiera que sea el caso, resulta una muestra fehaciente del subterráneo nivel de la televisión comercial mexicana. El quemón de la empresa, gracias a la virulencia que alcanzó el asunto en redes sociales, fue urbi et orbi. y ahí no hay vuelta de hoja.

PD.- Tienen razón de estar alarmados el gobierno y las televisoras por el apagón analógico, qué tal que a la gente se le ocurre leer.






miércoles, 21 de octubre de 2015

Una burbuja de oxígeno

En el tráfago alucinante que se ha vuelto la vida en nuestro país, con la violencia, la impunidad, la injusticia y la desigualdad campeando a sus anchas con una normalidad que exige su derecho de naturalización para convertirse en la nefasta neblina que nos envuelve, la Feria Internacional del Libro del Zócalo devino oasis, burbuja de oxígeno, barniz indispensable de optimismo.

El último fin de semana del encuentro editorial hizo frío, hubo lluvia y sopló viento, así que al salir del Metro al Zócalo pensé encontrar un paisaje de carpas semivacías con dependientes al borde del aburrimiento y templándose con una taza de café. Lo que vi resultó abrumador.

Una multitud entraba y salía de infinidad de carpas de todos tamaños. La gente curioseaba, se ponía al día en cuanto a novedades, buscaba títulos o autores específicos, cotejaba precios y ediciones. Algunos abrían paraguas para deambular, otros sólo cruzaban de un puesto a otro bajo la lluvia, más atentos al aguacero editorial que inundaba las mesas que a la llovizna helada.

Ver tanta gente ávida convocada, invocada, por los libros, fue algo feliz y apabullante. Lo mismo niños que ancianos en sillas de ruedas se paseaban entre volúmenes insospechados, como si anduvieran por casa. Pero si esto era en sí una alegría, otro aspecto resultó demoledor.



Porque la feria, además, reúne a autores, especialistas, críticos o testimoniantes para redondear la experiencia cultural. Diversos foros organizan presentaciones de libros, lectura de textos, conversaciones públicas, debates, mesas redondas, en fin, sinnúmero de actividades que se arman en torno a la lectura, a su aliento, a su extensión.

Entre estos foros destaca, por méritos sobresalientes, el que alienta la Brigada para Leer en Libertad. Paco Taibo, Paloma Sáiz y Beatriz Sánchez a la cabeza, la han convertido en un hito a escala internacional, pero ya regresaremos a este tema en otra ocasión. Lo que ahora me ocupa es el foro que llevó por nombre Eduardo Galeano, ahí fue evidente que la capacidad de convocatoria de la brigada se incrementa cada día más; sin boato ni relumbrón reúne a una multitud variopinta que cruza diagonalmente clases, educaciones formales y formaciones culturales.

Este experimento callejero se ha convertido en una suerte de universidad popular, en un aula de unos 500 asientos que casi invariablemente resultan insuficientes para albergar al público que ahí se agolpa, así que en un sitio de 20 por 30 metros –aunque este año, incomprensiblemente, fue reducido– es común ver a cientos de personas que aun de pie atienden lo mismo a una lectura de poesía, una mesa redonda sobre el sismo de 1985, una discusión sobre el periodismo narrativo de nuestros días, un debate sobre la vigencia del pensamiento marxista, una desternillante plática entre caricaturistas, un diálogo entre Almudena Grandes y Elena Poniatowska o una emocionante charla de Paco Taibo con Guillermo del Toro, a través de un ciberenlace a Nueva York, donde ahora filma este director y productor emblemático.

Por ahí también pasaron Álvaro García Linera, intelectual de hondura que ahora se desempeña como vicepresidente de Bolivia; el escritor venezolano Luis Britto, ganador del Premio Casa de las Américas; los analistas Héctor Díaz Polanco y Armando Bartra; los escritores Gisbert Haefs, de Alemania, el colombiano Nahum Montt, el italiano Bruno Arpaia y el poeta español Luis García Montero, es decir, una muestra de que la calidad de las discusiones no tuvo desperdicio.


Un lujo haber estado ahí, ver a esa multitud entusiasmada en medio de libros, presenciar con azoro la atención con que la gente seguía las discusiones en plena plaza pública, constatar, una vez más, que, sin duda, el aprendizaje está donde menos se espera y que las lecciones más hondas se encuentran en lo colectivo.