No hay
título que de una u otra manera no prefigure a su autor, así que
algo hay en La fascinación colectiva por las
Chivas del Guadalajara, de Luis Carlos
Vázquez, en donde la sombra de Sigmund Freud se proyecta, porque
bien podría haberlo nombrado, si no se le hubiera adelantado el
padre del psicoanálisis, “El porvenir de una ilusión tras la
desilusión de un pasado”.
Y es que
este libro es una documentada
aproximación psicoanalítica a un equipo que es un verdadero mito
del futbol nacional, realizada a
partir de una rigurosa revisión histórica, basada en fuentes
bibliográficas, hemerográficas y testimonios directos, para
desmontar
uno a uno los pilares sobre los que se ha erigido la leyenda, pero
sin dejar de reconocer que en el fondo ésta permanece inamovible.
Este
volumen es un análisis desmitificador, sin duda, pero, ¿podría
afirmarse que se trata de un texto para denostar al Rebaño
Sagrado?, de ninguna manera. Es más, uno
sale de la lectura de este libro con la convicción de la
indestructibilidad del mito, de la raigambre digamos religiosa en
donde el halo es más grandioso que el ente mismo.
Luis
Carlos Vázquez es un reconocido psicoanalista, un serio explorador
de la mente y las emociones humanas, aunque también ha sido autor de
una columna deportiva semanal que durante tres lustros apareció en
los periódicos Siglo 21
y Público, de
Guadalajara, de manera que en él se conjugaron las cualidades
exactas para haber abordado un tema tan espinoso, complejo y lleno de
aristas, pero al mismo tiempo hacerlo sin
acartonamiento academicista, para volverlo ameno e ilustrativo,
susceptible de tener una vasta amplitud de lecturas, desde la del
especialista hasta la del aficionado al futbol.
El autor
aplica la brújula de Freud en sus aproximaciones a lo social desde
el psicoanálisis para abrir la posibilidad de ver bajo una nueva luz
lo ya sabido, pero asimismo nos brinda la oportunidad de ir más allá
de un equipo de futbol, para aportarnos los elementos específicos de
un objeto de fascinación colectiva en México.
Norbert
Elias, en su libro Deporte y ocio en el
proceso de civilización, afirma que: “...
el deporte es uno de los grandes inventos sociales que los seres
humanos han hecho sin haberlo planeado. Les ofrece la liberadora
emoción de una lucha en la que invierten habilidad y esfuerzo físico
mientras queda reducida al mínimo la posibilidad de que alguien
resulte seriamente dañado”, es decir, una guerra simulada con sus
héroes, sus leyendas, sus mitos, sus construcciones colectivas,
incluso sus dioses a quienes se rinde pleitesía.
En el
texto se asienta que a pesar de la sequía de resultados del
Guadalajara, una encuesta de 2008, ratificada en otra levantada en
2011 por Consulta Mitofsky, apuntaba que el equipo jalisciense seguía
siendo el más popular del país, con un apretado punto por encima de
su acérrimo rival, el América. Pero resulta que esto ya se acabó,
el periódico Récord
publicó hace unas semanas,
como un mazazo seco, que las Águilas
habían superado por fin a las Chivas
en los índices de popularidad. Un hito más que se derrumba.
Cuando
se enfatiza el mexicanísimo origen del Guadalajara, se omite, como
sin querer, que sus fundadores fueron un comerciante belga de nombre
Edgar Everaert Roose y el francés Calixto Gas, quienes en 1906
iniciaron el antecedente del equipo, al que llamaron Unión Football
Club.
Javier
Bañuelos Rentería lo relata así en Crónica
del futbol mexicano:
“Everaert había practicado el futbol en Brujas, su ciudad natal, y
comenzó a motivar a sus compañeros a jugarlo. Así, los convenció
de ir a pelotear a los llanos de la colonia Moderna. Un día de 1906,
cuando consideró que sus alumnos estaban listos, les propuso formar
un club, al que llamaron Unión. Era, en pocas palabras, un combinado
franco-tapatío dirigido por un belga”.
En
febrero de 1908, en casa de doña Nicolasa Sáinz, abuela de los
hermanos Orozco, jugadores emblemáticos de ese club originario, se
realizó un cónclave al que no fueron convocados los extranjeros,
ahí se aceptaron dos propuestas, una de Gregorio Orozco, que en
realidad fue sugerencia de Everaert, quien afirmaba que los equipos
de futbol se arraigaban en el gusto de la gente si llevaban el nombre
de su ciudad, en el sentido de que el conjunto se llamara de ahí en
más Guadalajara, y otra para que el equipo estuviera integrado
exclusivamente por mexicanos, lo que resultaría determinante en la
historia de la institución.
En
un inicio la orientación era más bien regionalista, es decir, que
alinearan jugadores
de preferencia tapatíos, aunque no hubo mayor objeción porque
alinearan
futbolistas jaliscienses, este regionalismo llegó al grado de que a
Jaime Tubo
Gómez se le consideraba fuereño, ya que había nacido en Colima,
aunque se decía con énfasis que había llegado muy pequeño a
Guadalajara y ahí decidió radicarse; curiosa acotación para este
portero que fue una auténtica leyenda de las Chivas,
quien incluso devino su historiador oficial. Ya luego se
reblandecería esta restricción y militarían en el club futbolistas
de todo el país, inclusive algunos provenientes nada menos que del
Atlas y del América, sus
acérrimos rivales.
Un
caso llamativo fue el de Hans Peter Friessen Wuttke, jugador de las
Chivas
nacido en Guadalajara, de padres mexicanos oriundos en Chihuahua y
Sonora, pero de abuelos alemanes, es decir, se trataba de un tapatío
casi extranjero.
Pero
otro agujero en la leyenda se abre cuando nos referimos a Jesús
Padilla, nacido en San José, California, o a Gerardo Mascareño,
quien además de provenir del otro rival emblemático de las Chivas
que es el Atlas, también se descubrió que era oriundo de Estados
Unidos, y de ahí se desgranó la mazorca con los nombres de Eduardo
Fernández, nacido en El Paso: Rafael Gutiérrez Aldaco, de Los
Ángeles, y Salvador Reyes de la Peña, hijo de uno de los máximos
referentes del Campeonísimo,
Chava
Reyes, quien nació en 1968 en Hollywood, cuando su padre jugaba para
los Toros de los Ángeles. Nuevo mito fundacional que se viene abajo.
Otra
curiosidad es que el origen del uniforme tampoco tiene una raigambre
nacional, de hecho Everaert consiguió que en la camiseta estuvieran
el rojo y el blanco que ostenta en su escudo la ciudad de Brujas,
donde nació, y los franceses sugirieron que el pantaloncillo fuera
azul, para que en la combinación estuvieran representados los
colores de la bandera gala.
En
la mexicanidad del club se ha excluido también, aunque sin hacer
énfasis, a los entrenadores, en cuyo banco se han sentado húngaros,
escoceses, argentinos, uruguayos y holandeses, sin que ello haya
hecho merma en la “pureza originaria”, en la sinécdoque que
representa el arquetipo de lo nacional.
Si
en un juego metafórico se enlaza al Guadalajara con el país,
podremos equiparar debacles: la situación política, económica y
social de México es un despeñadero que evidencia una descomposición
extremadamente acentuada, mientras las Chivas, el otrora
Campeonísimo,
pelea por no descender de división, e incluso perdió ya
con
Dorados, que es de hecho su seguro de permanencia en la primera. Su
dueño, Jorge Vergara, no habla de un equipo emblemático, sino de
una marca donde todo puede comercializarse, reconoce que no sabe nada
de futbol, pero sus caprichos han abierto verdaderos boquetes abajo
de la línea de flotación del equipo. La desgracia nacional
reflejada en uno de los emblemas de la mexicanidad.
Aun
mermado, el Guadalajara sigue siendo un mito fundacional de algo que
sobrepasa al propio once jalisciense. Sin hacer un parangón, porque
las circunstancias son muy distintas, puede decirse de las Chivas
que, como se asienta en el lema del Barcelona, es más que un club.
Una
buena conclusión es la que apunta Luis Carlos al citar una frase de
Freud extraída de Psicología de las
masas y análisis del yo,
la cual asienta: “Las masas nunca conocieron la sed de la verdad.
Piden ilusiones, a las que no pueden renunciar. Lo irreal siempre
prevalece sobre lo real, lo irreal las influye casi con la misma
fuerza que lo real. Su visible tendencia es no hacer distingo alguno
entre ambos”. O bien
la idea
del propio padre del psicoanálisis proveniente precisamente de El
porvenir de una ilusión
sobre la la necesidad que tenemos los seres humanos de creer o
ilusionarnos, ya sea a través de las religiones o en diferentes
íconos que nos convoquen con la finalidad de hacer frente a los
distintos sufrimientos humanos.
Por
último, tras agradecer a Luis Carlos Vázquez la lectura de su
excelente trabajo, sólo espero que estas palabras sirvan para
interesarlos en este texto tan original, en esta innovadora
aproximación a los mitos y en este acercamiento analítico y
apasionado al hermoso deporte que sin duda es el futbol.
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