El
que muy pronto será ex Distrito Federal se ve agobiado por un cúmulo
de males, anomalías, irregularidades, abusos y negocios bajo la mesa
que con visión más bien mercantil impulsan alegremente sus
gobernantes. No es nueva la visión patrimonialista de quienes llegan
a cualquier nivel de gobierno (federal, estatal o municipal), lo
novedoso es que han dejado atrás la hipocresía para instalarse en
el cinismo, al fin que en el reino de la impunidad nadie paga por los
platos rotos.
En
una ciudad que se reclama democrática y progresista, salen de tono
los ucases con los que se imponen corredores, obras viales, usos de
suelo y reglamentos, sin mediación, sin consulta y sin, por lo
menos, el derecho al pataleo, es decir, sin mecanismos reales de
defensa de los ciudadanos. Quizá lo que se pretende es fundar el
consorcio CDMX SA.
El
caso del nuevo reglamento de tránsito es ilustrativo al respecto.
Aunque
el jefe de Gobierno lo niega, en el contrato SSP/BE/S/312/2015, que
no se sometió a licitación y que fue firmado por Erica Yahaira
Leija Macías, oficial mayor de la Secretaría de Seguridad Pública
capitalina, mismo que tiene vigencia del 15 de diciembre de 2015 al
31 de diciembre de 2017, se estipula que la empresa Autotraffic
deberá cumplir con un mínimo de 150 mil multas mensuales, un
promedio de 5 mil diarias. Esto significa que, al término del
contrato, se habrán impuesto, al menos, 23 millones 730 mil
sanciones.
Hay
infracciones, como la prevista para quien utiliza un teléfono móvil
mientras conduce, que se elevó hasta 700 por ciento, o la prevista
para quien exceda el límite de velocidad, de casi 400 por ciento de
incremento, por cierto, es un misterio cómo se estableció en las
vialidades el límite de velocidad, que va de los
20 a los 80
kilómetros por hora.
Si
tomamos como parámetro el
promedio de las multas derivadas de las infracciones más comunes,
éste sería de 2 mil 98
pesos 50 centavos, si esto se multiplica por las 150 mil multas
mensuales, la recaudación llega a 314
millones 775 mil pesos cada mes y 3 mil 777 millones 300 mil pesos al
año, lo que al término del contrato, si sumamos
las sanciones de la segunda quincena de diciembre de 2015, cuando el
reglamento entró en vigor, da un total de 7 mil
711 millones 987 mil 500 pesos.
Nada
mal como ingreso extra para la ciudad, sólo que en el mismo contrato
se estipula que la empresa Autotraffic, a la que se le otorgó la
concesión, se quedará con 46 por ciento de ese monto, es decir, si
continuamos con el mismo cálculo: 3 mil 547 millones 514 mil 250
pesos.
Al
parecer, el empeño del doctor Mancera por desvincular la indexación
del salario mínimo del cobro de multas y derechos tenía un destino
ahora claro, toda
vez que no se corresponde el incremento del
mínimo salarial, que fue de 4.2 por ciento, equivalente
a 2.94 pesos, con el aumento de hasta 700 por ciento en las multas
del nuevo reglamento de tránsito de la capital. Argumentan
que la desmesura de las multas será un factor disuasivo para la
comisión de infracciones, eso está por verse.
Son
sanciones ejemplarizantes por su dureza en una
ciudad donde, paradójicamente, hasta un ciego puede tener una
licencia simple de conducir con sólo pagar por ella.
Sería
de esperar, además, que las sanciones no tengan excepción, como lo
que sucede ahora con el transporte urbano concesionado, cuyos
conductores se comportan como si fueran los dueños de la ciudad e
imponen su ley de manera atrabiliaria, inclusive frente a los agentes
de tránsito, sin que nadie ose siquiera llamarles la atención,
también veremos si esto se cumple.
Eso
no significa que se deba rechazar en todo el reglamento, de hecho,
muchos de sus artículos contienen normas más que atendibles, que de
haberse consensuado es probable que hubieran tenido la aprobación
mayoritaria de la población, sólo que el ucase cayó como rayo del
cielo, castigo sin consulta, sin orientación, sin acompañamiento
ciudadano.
Ante
estos datos, habría que preguntar varias
cuestiones:
Por
ejemplo, ¿hubo consulta y se recabó consenso entre la población
afectada? No.
¿Hay
un parangón entre el aumento en el monto de las multas y el
incremento al salario? No.
¿Se
licitó la asignación del contrato? No.
¿Se
sabe el destino que dará el gobierno capitalino a los recursos
recaudados por las multas? No.
¿Hay
algún mecanismo previsto para encauzar las inconformidades de los
conductores ante las sanciones? No.
Habría
que tener presente que durante las crisis se multiplica
considerablemente la intolerancia ante los abusos de los políticos.
No parece que las autoridades del hasta ahora Distrito Federal tengan
esto en mente.
PD.-
Corre el gracejo de que más que engordar su cochinito, el jefe de
Gobierno alimenta una piara
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