En el
tráfago alucinante que se ha vuelto la vida en nuestro país, con la
violencia, la impunidad, la injusticia y la desigualdad campeando a
sus anchas con una normalidad que exige su derecho de naturalización
para convertirse en la nefasta neblina que nos envuelve, la Feria
Internacional del Libro del Zócalo devino oasis, burbuja de oxígeno,
barniz indispensable de optimismo.
El último
fin de semana del encuentro editorial hizo frío, hubo lluvia y sopló
viento, así que al salir del Metro al Zócalo pensé encontrar un
paisaje de carpas semivacías con dependientes al borde del
aburrimiento y templándose con una taza de café. Lo que vi resultó
abrumador.
Una
multitud entraba y salía de infinidad de carpas de todos tamaños.
La gente curioseaba, se ponía al día en cuanto a novedades, buscaba
títulos o autores específicos, cotejaba precios y ediciones.
Algunos abrían paraguas para deambular, otros sólo cruzaban de un
puesto a otro bajo la lluvia, más atentos al aguacero editorial que
inundaba las mesas que a la llovizna helada.
Ver tanta
gente ávida convocada, invocada, por los libros, fue algo feliz y
apabullante. Lo mismo niños que ancianos en sillas de ruedas se
paseaban entre volúmenes insospechados, como si anduvieran por casa.
Pero si esto era en sí una alegría, otro aspecto resultó
demoledor.
Porque la
feria, además, reúne a autores, especialistas, críticos o
testimoniantes para redondear la experiencia cultural. Diversos foros
organizan presentaciones de libros, lectura de textos, conversaciones
públicas, debates, mesas redondas, en fin, sinnúmero de actividades
que se arman en torno a la lectura, a su aliento, a su extensión.
Entre
estos foros destaca, por méritos sobresalientes, el que alienta la
Brigada para Leer en Libertad. Paco Taibo, Paloma Sáiz y Beatriz
Sánchez a la cabeza, la han convertido en un hito a escala
internacional, pero ya regresaremos a este tema en otra ocasión. Lo
que ahora me ocupa es el foro que llevó por nombre Eduardo Galeano,
ahí fue evidente que la capacidad de convocatoria de la brigada se
incrementa cada día más; sin boato ni relumbrón reúne a una
multitud variopinta que cruza diagonalmente clases, educaciones
formales y formaciones culturales.
Este
experimento callejero se ha convertido en una suerte de universidad
popular, en un aula de unos 500 asientos que casi invariablemente
resultan insuficientes para albergar al público que ahí se agolpa,
así que en un sitio de 20 por 30 metros –aunque
este año, incomprensiblemente, fue reducido– es común ver a
cientos de personas que aun de pie atienden lo mismo a una lectura de
poesía, una mesa redonda sobre el sismo de 1985, una discusión
sobre el periodismo narrativo de nuestros días, un debate sobre la
vigencia del pensamiento marxista, una desternillante plática entre
caricaturistas, un diálogo entre Almudena Grandes y Elena
Poniatowska o una emocionante charla de Paco Taibo con Guillermo del
Toro, a través de un ciberenlace a Nueva York, donde ahora filma
este director y productor emblemático.
Por ahí
también pasaron Álvaro García Linera, intelectual de hondura que
ahora se desempeña como vicepresidente de Bolivia; el escritor
venezolano Luis Britto, ganador del Premio Casa de las Américas; los
analistas Héctor Díaz Polanco y Armando Bartra; los escritores
Gisbert Haefs, de Alemania, el colombiano Nahum Montt, el italiano
Bruno Arpaia y el poeta español Luis García Montero, es decir, una
muestra de que la calidad de las discusiones no tuvo desperdicio.
Un lujo
haber estado ahí, ver a esa multitud entusiasmada en medio de
libros, presenciar con azoro la atención con que la gente seguía
las discusiones en plena plaza pública, constatar, una vez más,
que, sin duda, el aprendizaje está donde menos se espera y que las
lecciones más hondas se encuentran en lo colectivo.
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